sábado, febrero 04, 2006

El gigante egoísta

Vale la pena volver a leer este cuento, que seguramente leímos de niños.


Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.
-¡Qué felices somos aquí! -se decían unos a otros.
Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín.
-¿Qué hacen aquí? -surgió con su voz retumbante.
Los niños escaparon corriendo en desbandada.
-Este jardín es mío. Es mi jardín propio -dijo el Gigante-; todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.
Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:

ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA
BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES

Era un Gigante egoísta...
Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás.
-¡Qué dichosos éramos allí! -se decían unos a otros.
Cuando la Primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el Invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.
Los únicos que ahí se sentían a gusto eran la Nieve y la Escarcha.
-La Primavera se olvidó de este jardín -se dijeron-, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año.
La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas.
-¡Qué lugar más agradable! -dijo-. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también.
Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo.
-No entiendo por qué la Primavera se demora tanto en llegar aquí -decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco-, espero que pronto cambie el tiempo.
Pero la Primavera no llegó nunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.
-Es un gigante demasiado egoísta -decían los frutales.
De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y el Viento del Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.
Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.
-¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la Primavera -dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana.
¿Y qué es lo que vio?
Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Sólo en un rincón el Invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse.
-¡Sube a mí, niñito! -decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño.
El Gigante sintió que el corazón se le derretía.
-¡Cuán egoísta he sido! -exclamó-. Ahora sé por qué la Primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños.
Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho.
Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en Invierno otra vez. Sólo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos, y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la Primavera regresó al jardín.
-Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos -dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro.
Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás.
Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.
-Pero, ¿dónde está el más pequeñito? -preguntó el Gigante-, ¿ese niño que subí al árbol del rincón?
El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.
-No lo sabemos -respondieron los niños-, se marchó solito.
-Díganle que vuelva mañana -dijo el Gigante.
Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste.
Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él.
-¡Cómo me gustaría volverlo a ver! -repetía.
Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.
-Tengo muchas flores hermosas -se decía-, pero los niños son las flores más hermosas de todas.
Una mañana de Invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el Invierno pues sabía que el Invierno era simplemente la Primavera dormida, y que las flores estaban descansando.
Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró…
Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos.
Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira, y dijo:
-¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?
Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies.
-¿Pero, quién se atrevió a herirte? -gritó el Gigante-. Dímelo, para tomar la espada y matarlo.
-¡No! -respondió el niño-. Estas son las heridas del Amor.
-¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? -preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.
Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:
-Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso.
Y cuando los niños llegaron esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas.

Por Oscar Wilde

Tomado de: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/wilde/gigante.htm

viernes, febrero 03, 2006

La lección de Evo

Aunque Esther Morales, la hermana de Evo, aceptó ser la Primera Dama de Bolivia, aclaró de inmediato que no por eso iba a dejar de trabajar en su pequeño puesto de comestibles. Esto es grandeza. Uno entiende que sea noticia en una época en que la siutiquería parece el distintivo de la vida política. Por otra parte, su hermano, aunque ha moderado su discurso, no ha estado dispuesto a disfrazarse de europeo y ha acudido a los actos de entronización vestido de una manera digna, pero autóctona. Este proceder responde también a un instinto de supervivencia: un indio vestido de europeo se ve mal. Y también al revés. La ropa es el resultado de una lenta evolución (o involución, a veces) y un mínimo sentido del ridículo ahorra muchos problemas. Bien por los Morales.
Estos hechos van más allá de la anécdota. La Ilustración del siglo XVIII tuvo entre sus características el presentar un modelo de hombre mucho más estrecho que el que proponían otros estilos culturales, como por ejemplo el barroco. Para los ilustrados, el modelo de ser humano era el habitante de París, Londres o Berlín. Un hombre de maneras refinadas y espíritu racionalista, de tez blanca y amante de la ciencia. Este modelo se impuso a sangre y fuego durante el siglo XIX, en la llamada "pacificación" de la Araucanía y marcó toda una cultura que pervive hasta hoy. Naturalmente, ante este ideal de ser humano, los indígenas quedaban en una situación de inferioridad. Debían ser "civilizados", cuando no exterminados como una lacra social.
Cuando Evo se niega a aceptar los cánones propios de un Presidente occidental, está apuntando a algo muy profundo. No se trata de burlarse de las formas, que en toda cultura son muy importantes, sino de reconocer que las europeas no son las únicas ni necesariamente las mejores.Lamentablemente, aunque este artículo pudiera parecer un conjunto de loas a Evo Morales y los suyos, no lo es. Sucede que las cosas son un poco más complejas de cómo parece imaginarlas este nuevo Presidente. De partida, su indigenismo está entremezclado con fuertes dosis de socialismo y otras posturas ideológicas que no son precisamente autóctonas. Además, la sociedad que debe gobernar tiene problemas muy serios de salud, vivienda y educación, que no se solucionan invocando a los dioses de los antepasados. Una cosa es que no se acepte el modelo racionalista y otra muy distinta es que se renuncie a las armas de la racionalidad. Las miradas de admiración de cierta prensa internacional corresponden a las del turista de un espectáculo exótico más que al reconocimiento de un proyecto capaz de solucionar los graves problemas que afectan a nuestros países.
¿Qué lecciones se pueden sacar para Chile de todo esto? Hay una muy inmediata: nuestro país tiene una oportunidad única para resolver los problemas pendientes con Bolivia (supuesto que queramos reconocer que esos problemas existen y que merecen nuestra atención). Evo Morales es el interlocutor ideal, el único que si llega a un acuerdo no tendrá a un Evo Morales movilizando al país para desconocerlo. Parece conveniente aprovechar este momento, mientras mantenga popularidad.
Pero hay más. Durante décadas los chilenos hemos tratado de resolver los problemas de los mapuches; por ejemplo, el de la propiedad de su tierra, oscilando entre uno de dos extremos: unos piensan que hay que tratarlos como menores de edad, prohibiéndoles venderla a personas de otra etnia; otros quieren aplicarles simplemente las normas del derecho civil y tratarlos como si fuesen unos burgueses iguales al resto. ¿No habrá algunas alternativas más inteligentes, capaces de hacerles justicia sin ponerlos en un rincón de la sociedad, como una especie exótica y en peligro de extinción? Aquí nuevamente nos hallamos ante una oportunidad histórica y Michelle Bachelet, que ha hecho hincapié en el tema de los pueblos originarios, puede hacer mucho en esta dirección. No es fácil: supone no dejarse encasillar por los diversos esquemas ideológicos que, por años, han intentado dar respuestas simples a un problema que no lo es. Requerirá de tacto, prudencia e intuición, o sea, de ese liderazgo distinto, del que nos habló de manera tan persuasiva.

JOAQUÍN GARCÍA-HUIDOBRO CORREA
Director de Estudios de la Universidad de los Andes

Domingo 29 de enero de 2006