viernes, febrero 03, 2006

La lección de Evo

Aunque Esther Morales, la hermana de Evo, aceptó ser la Primera Dama de Bolivia, aclaró de inmediato que no por eso iba a dejar de trabajar en su pequeño puesto de comestibles. Esto es grandeza. Uno entiende que sea noticia en una época en que la siutiquería parece el distintivo de la vida política. Por otra parte, su hermano, aunque ha moderado su discurso, no ha estado dispuesto a disfrazarse de europeo y ha acudido a los actos de entronización vestido de una manera digna, pero autóctona. Este proceder responde también a un instinto de supervivencia: un indio vestido de europeo se ve mal. Y también al revés. La ropa es el resultado de una lenta evolución (o involución, a veces) y un mínimo sentido del ridículo ahorra muchos problemas. Bien por los Morales.
Estos hechos van más allá de la anécdota. La Ilustración del siglo XVIII tuvo entre sus características el presentar un modelo de hombre mucho más estrecho que el que proponían otros estilos culturales, como por ejemplo el barroco. Para los ilustrados, el modelo de ser humano era el habitante de París, Londres o Berlín. Un hombre de maneras refinadas y espíritu racionalista, de tez blanca y amante de la ciencia. Este modelo se impuso a sangre y fuego durante el siglo XIX, en la llamada "pacificación" de la Araucanía y marcó toda una cultura que pervive hasta hoy. Naturalmente, ante este ideal de ser humano, los indígenas quedaban en una situación de inferioridad. Debían ser "civilizados", cuando no exterminados como una lacra social.
Cuando Evo se niega a aceptar los cánones propios de un Presidente occidental, está apuntando a algo muy profundo. No se trata de burlarse de las formas, que en toda cultura son muy importantes, sino de reconocer que las europeas no son las únicas ni necesariamente las mejores.Lamentablemente, aunque este artículo pudiera parecer un conjunto de loas a Evo Morales y los suyos, no lo es. Sucede que las cosas son un poco más complejas de cómo parece imaginarlas este nuevo Presidente. De partida, su indigenismo está entremezclado con fuertes dosis de socialismo y otras posturas ideológicas que no son precisamente autóctonas. Además, la sociedad que debe gobernar tiene problemas muy serios de salud, vivienda y educación, que no se solucionan invocando a los dioses de los antepasados. Una cosa es que no se acepte el modelo racionalista y otra muy distinta es que se renuncie a las armas de la racionalidad. Las miradas de admiración de cierta prensa internacional corresponden a las del turista de un espectáculo exótico más que al reconocimiento de un proyecto capaz de solucionar los graves problemas que afectan a nuestros países.
¿Qué lecciones se pueden sacar para Chile de todo esto? Hay una muy inmediata: nuestro país tiene una oportunidad única para resolver los problemas pendientes con Bolivia (supuesto que queramos reconocer que esos problemas existen y que merecen nuestra atención). Evo Morales es el interlocutor ideal, el único que si llega a un acuerdo no tendrá a un Evo Morales movilizando al país para desconocerlo. Parece conveniente aprovechar este momento, mientras mantenga popularidad.
Pero hay más. Durante décadas los chilenos hemos tratado de resolver los problemas de los mapuches; por ejemplo, el de la propiedad de su tierra, oscilando entre uno de dos extremos: unos piensan que hay que tratarlos como menores de edad, prohibiéndoles venderla a personas de otra etnia; otros quieren aplicarles simplemente las normas del derecho civil y tratarlos como si fuesen unos burgueses iguales al resto. ¿No habrá algunas alternativas más inteligentes, capaces de hacerles justicia sin ponerlos en un rincón de la sociedad, como una especie exótica y en peligro de extinción? Aquí nuevamente nos hallamos ante una oportunidad histórica y Michelle Bachelet, que ha hecho hincapié en el tema de los pueblos originarios, puede hacer mucho en esta dirección. No es fácil: supone no dejarse encasillar por los diversos esquemas ideológicos que, por años, han intentado dar respuestas simples a un problema que no lo es. Requerirá de tacto, prudencia e intuición, o sea, de ese liderazgo distinto, del que nos habló de manera tan persuasiva.

JOAQUÍN GARCÍA-HUIDOBRO CORREA
Director de Estudios de la Universidad de los Andes

Domingo 29 de enero de 2006