viernes, noviembre 04, 2005

Transgresores obsesivos


El ministro de Educación puso unas dosis de sensatez y detuvo la iniciativa de repartir condones en un Liceo. Usted se preguntará qué les pasa por la cabeza a los autores de tamaña idea. Un malpensado podría decir que no les pasa nada: simplemente han seguido la lógica de una campaña. Alguien con sentido práctico simplemente afirmará que no les pasa nada por la cabeza, ya que no la tienen: son unos curiosos seres que constan sólo de ombligo para abajo. Otro podría explicar que una característica histórica de cierto tipo de chilenos (de todos los lados) es la desmesura. Su más reciente descubrimiento es el liberalismo y están tan eufóricos con este hallazgo, que hacen todo lo que se les ocurra para difundirlo. Curioso liberalismo este, que consiste en reírse de la Iglesia, manejar 4 x 4 mientras se habla por celular y repartir preservativos. Mis amigos liberales, que son gente culta y distinguida, están desesperados al ver su ideario en manos de estos fundamentalistas que nunca han leído una página de Kant, Montesquieu y los demás padres del pensamiento liberal.De todas formas, parece haber un grupo de chilenos que ha decidido reemplazar el majestuoso cóndor del escudo patrio por el látex de un orondo condón y transformar nuestra respetable forma de gobierno en una "condocracia". Estos iluminados padecen de un curioso frenesí, que los lleva a derribar cualquier barrera, valla, principio o práctica que nos aleje un poco de las cavernas (lo digo con todo respeto para los orcos, osos, murciélagos y demás habitantes de las profundidades). Su máxima de vida consiste en transgredir.Por alguna razón misteriosa, esos compatriotas nuestros experimentan una notable sensación de superioridad. Para ellos, nosotros los mortales que creemos que toda libertad tiene límites somos seres dignos de compasión, atados por prejuicios ancestrales. Y son tan amables, que han decidido liberarnos de nuestras cadenas (por supuesto que sin preguntarnos nuestra opinión). Su insistencia me recuerda a esos curaditos que se ponen obsequiosos y ofrecen una y otra vez un litriado de dudosa procedencia en un vaso bastante chupeteado. Y no vaya usted a negarse, porque se ofenden.La existencia de personas que no logran controlar sus impulsos con la razón no es ninguna novedad. Siempre ha habido borrachos, cleptómanos y libertinos. Lo notable del caso actual es que la obsesión única y exclusiva de algunos contemporáneos parece ser el sexo. Una segunda característica del caso reside en que estas personas parecen haber tomado el control de la esfera pública y no hay programa, película, aviso o política de salud en que no aparezcan con su tema. Incluso algo tan serio como el diseño de una campaña contra una enfermedad terrible aparece contaminado con su obsesión.Afortunadamente la situación tiene arreglo. La comunidad médica internacional está reaccionando y hoy se multiplican los libros y revistas científicas a propósito de la "sex addiction". Es decir, parece que el asunto tiene cura. El problema es que no todos los pacientes están dispuestos a ser ayudados. Algunos experimentan una extraña reacción: en vez de pedir ayuda o al menos ocultarse, como haría un anormal medianamente normal, se han lanzado a una cruzada destinada a que todos hagamos las mismas cosas que ellos. Es decir, quieren cambiar completamente el clima social.Todo eso tampoco es demasiado grave, siempre que nosotros, junto con manifestar nuestra comprensión y compasión para con ellos, seamos capaces de no darles en el gusto y les digamos, como el ministro Bitar: no, gracias.

Joaquín García-Huidobro
(El Mercurio, 30.10.05, D15)