miércoles, septiembre 28, 2005

Siete enfermedades habituales entre los católicos chilenos (y su cura chestertoniana)

El recién pasado año 2004 trajo para los chilenos, entre otras novedades, la ley de divorcio. Fue más de un siglo de disputas, en donde Chile tuvo el honor de mantener la indisolubilidad legal del matrimonio cuando el resto de los países ya había cedido a la superstición del divorcio. Esta situación, que a algunos los llenaba de vergüenza por considerar que era una intolerable manifestación de atraso cultural, a otros nos enorgullecía. En fin, hay gustos para todo, con la ligera pero importante diferencia de que los defensores de la indisolubilidad matrimonial se ocuparon de fundamentar su posición de una manera, a mi juicio, incomparablemente más sólida que sus adversarios, al menos si se atiende a la literatura científica que se publicó sobre la cuestión. Sin embargo, no será la primera ni la última vez que una decisión pública se toma atendiendo a factores diferentes del peso de los argumentos académicos. Esta es una lección importante para los próximos debates.
La discusión en torno al divorcio tuvo en Chile una notable fuerza simbólica y el hecho de que, por los próximos años, parezca terminada tiene un peso muy significativo, más allá de los aspectos legales involucrados en la cuestión. Así lo sabía la llamada ala progresista del Gobierno y por eso se había propuesto la dictación de esta ley como uno de los objetivos que de todas formas debía conseguir. En este sentido fue una victoria muy importante. También lo fue porque para lograr este objetivo obtuvieron el apoyo de otros sectores del conglomerado gobernante, es decir, de aquellos que no comparten la cosmovisión laicista sino que hunden sus raíces en el humanismo cristiano. Al actuar así se apartaron muy radicalmente de las enseñanzas de su inspirador, el ex Presidente Eduardo Frei Montalva, que no sólo consideró siempre que el divorcio era inconveniente para Chile, sino que estimó que la defensa de la indisolubilidad matrimonial debía ser una característica irrenunciable de quienes en Chile pretendieran difundir esos ideales. Por eso, la victoria del polo progresista de la Concertación es doble, ya que no sólo consiguió su objetivo, sino que al mismo tiempo logró que sus socios dieran un paso importante en la adaptación de sus principios a los del viejo ideario laicista que en otros tiempos combatieron de manera particularmente decidida y eficaz. Estos cambios no se vieron sólo en los sectores de Gobierno, sino también en los partidos opositores fueron votos de católicos los que permitieron aprobar una ley de divorcio particularmente extrema.
Las derrotas, con todo, pueden constituirse en un momento privilegiado para reflexionar y ver qué debilidades cabe apreciar hoy entre los católicos y qué remedios podrían ponerse. Con esto no pretendo decir que la defensa de la indisolubilidad matrimonial haya sido patrimonio exclusivo de los católicos, pues hubo evangélicos, judíos y no creyentes que también argumentaron a favor de la misma, sino sólo atender a algunas dificultades que cabe apreciar en los fieles de la que, pese a todo, sigue siendo la religión mayoritaria del país. Al hacerlo no sólo me referiré a la cuestión del divorcio, que es sólo un síntoma de una serie de problemas más profundos.

I. Enfermedades

¿Cuáles son las “enfermedades” más graves que hoy podemos encontrar entre los católicos chilenos? Pienso que son varias y que conviene describirlas brevemente.

Melancolía: La primera de todas es una especie de tristeza que se advierte en algunas personas, que ven que poco a poco el Chile de sus padres ha ido cambiando y, en muchos aspectos, no precisamente para bien. Con todo, es una tristeza mala, que los lleva a desesperar de la posibilidad de dar un sello cristiano a los tiempos que vienen. Piensan que, a lo más, los católicos están destinados a constituir una selecta minoría que observa con pena cómo el país camina en una dirección muy diferente que la que ellos querrían. Esta melancolía lleva a la gente que la padece a olvidar la enorme fuerza persuasiva que tiene un cristianismo vivido en serio. Quizá esconde un complejo de superioridad inconfesado, que lleva a pensar que el resto de los mortales son personas tan depravadas que jamás entenderán el mensaje del Evangelio (cosa curiosa, porque el Evangelio muestra una especial predilección de Jesucristo por la gente mala y poco religiosa).
Anemia: en otras personas se observa una falta de energías y de argumentos racionales. Su máxima defensa consiste en decir que no hacen determinadas cosas “porque son católicos”, pero son incapaces de mostrar las razones que están detrás de las propuestas de la Iglesia. Un catolicismo así resulta muy poco atractivo. Cuando no hay formación, su código de conducta se reduce muchas veces a decir “mi religión me lo prohíbe”. Estas personas no saben que existen Padres de la Iglesia, un Magisterio, grandes literatos, filósofos y ensayistas que han mostrado la grandeza incomparable del mensaje cristiano. El suyo es un cristianismo que no se alimenta de la Biblia y que ve en los sacramentos unas cargas que de vez en cuando hay que soportar. Son anémicos. Esta enfermedad se ve agravada por la difusión en los medios católicos de una pedagogía religiosa sentimental, en donde no se transmiten contenidos y la fe es reducida al sentimiento. Como la mayoría de los mortales solemos sentir un tedio bastante respetable a la hora de hacer lo que debemos, el “yo no lo siento” se transforma en una magnífica excusa para no hacer lo que se debe.
Esquizofrenia: es quizá la enfermedad más grave y habitual en ciertos sectores de creyentes. En una parte del cerebro son católicos, incluso muy devotos. Hablan de religión con frecuencia y suelen estar vinculados a estructuras clericales. Sin embargo, en sus vidas aplican eso de que “los negocios son los negocios”, magnífico descubrimiento que les permite negar con la vida lo que profesan los labios. Esta esquizofrenia es especialmente corriente en el campo político, donde el argumento más recurrido es “yo, como católico, no haría esto pero no puedo imponer a nadie mis convicciones”. Lo curioso es que dicho argumento se aplica de manera muy selectiva, ya que vale para el divorcio, el matrimonio homosexual o el aborto, pero no vale cuando se trata de la tortura o de la estafa. Es interesante notar que tanto la introducción del divorcio como la defensa de la píldora del día después y el cambio de sensibilidad en torno a la calificación moral de los comportamientos homosexuales se ha llevado a cabo —en el congreso, los laboratorios, los tribunales o la TV— con la directa colaboración de católicos practicantes, afectados por este mal. Naturalmente la esquizofrenia admite también una variante conservadora, que produce católicos que veneran la Humane Vitae y abominan, o al menos ignoran, la Rerum Novarum y todo el Magisterio social.
Miopía: no faltan, por otra parte, los católicos tan interesados en mostrar el radical optimismo cristiano (cosa verdadera) que son incapaces de ver las señales de deterioro y vulgaridad que tienen frente a sus narices. Olvidan que la parábola del trigo y la cizaña enseña que sólo al final de los tiempos podrá haber una separación definitiva y que mientras estamos en la tierra no todo lo humano es precisamente bueno, por más que vaya acompañado de las más nobles intenciones. Para ellos el cristianismo es filantropía, no creen en el pecado original ni son muy conscientes de que el hombre esté necesitado de redención. En una de sus vertientes, esta enfermedad se acompaña de una irresistible tendencia a criticar a las personas e instituciones que se empeñan por hacer eco del Magisterio de la Iglesia y ajustar la propia conducta a sus enseñanzas, actitud que es calificada de exagerada, retrógrada o fanática sin necesidad de mayores argumentos.
Paranoia: en cierto sentido es el mal contrario al anterior. Que haya signos de decadencia no significa que todo esté perdido. Por otra parte, tampoco resulta razonable interpretar todo lo que ocurre en la sociedad como parte de una siniestra conspiración para acabar con las raíces cristianas de Occidente. Es cierto que, para la identidad cristiana de Chile, un gobierno socialista liberal no es el mejor de los abonos. El ex Presidente Allende anunciaba que “mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”. La realidad ha sido mucho más prosaica: el socialismo ha preferido los malls a las alamedas. Ha descubierto que Marx tenía razón, pues la infraestructura de la sociedad es económica, sólo que se había equivocado en la receta, y ha preferido buscar la liberación no por la abolición de la propiedad sino mediante el destape a la española. Sin embargo, la debilidad humana, la improvisación, la tontera, la flojera y nuestra propia inacción explican muchas más cosas que varias conspiraciones juntas.
Parálisis: debo confesar que me sorprende la cantidad de veces en que conocidos míos me dicen: “tú que puedes hablar de lo que quieras, ¿por qué no escribes sobre tal tema?”. En ocasiones se trata de personas que trabajan en una Universidad católica y que piensan que eso les impone una serie de impedimentos y compromisos políticos de los que estamos libres el resto de los mortales. No deja de ser paradójico el hecho de que instituciones que se crearon precisamente para difundir la imagen cristiana del hombre y dar a conocer las excelentes razones que existen en su favor, terminen paralizando las mejores energías y el ímpetu de los comienzos. Es el viejo caso en que la institución mata a la función.
Afonía: esta es una enfermedad que tiene ciertos síntomas semejantes a la anterior y que ya fue descrita muchas veces en la Biblia y tratada por los Padres de la Iglesia. A veces, erróneamente, se piensa que sólo los miembros de la Jerarquía pueden caer en ella. La verdad es que cualquier católico que, por ahorrarse un mal rato con sus hijos, alumnos o conocidos, no habla cuando tiene que hablar, puede decirse que sufre de una lamentable afonía. Naturalmente el caso de los pastores tiene una particular importancia, pero no sería razonable pensar que no nos afecta a cada uno de nosotros.
Todas estas enfermedades sueles ser acompañadas por algunos síntomas de relativismo, un malestar que afecta el oído medio y dificulta mucho la tarea de mantenerse de pie y distinguir lo bueno de lo malo.

II. De los remedios (y en particular de la cura chestertoniana)

Afortunadamente todas estas enfermedades que nos aquejan —y muchas otras que mi ignorancia de la medicina me impide detectar— tienen remedio, aunque en ocasiones sea doloroso. Coherencia, audacia, ética empresarial, formación doctrinal y sacramentos son algunos de ellos, cuya eficacia está más que comprobada. Una vida de oración y el recurso a antiguas recetas de la medicina popular también son recomendables. Entre ellas está la práctica de la dirección espiritual, que algunos consideran una grave humillación para el hombre actual y una merma de su libertad. Es curioso, porque esas personas hasta para aprender tenis o bajar unos kilos recurren a un personal trainer y sin embargo cuando se trata de ejercitarse en la difícil tarea de adquirir la virtud y adentrarse por caminos de oración piensan que no necesitan de ayuda alguna. Puede significar que no la requieran no por pensar que pueden valerse por sí mismos en tareas tan delicadas, sino porque, en el fondo, simplemente no desean llegar a esas metas.
Una terapia de comprobada eficacia es la cura chestertoniana. Tiene el mérito de deleitar al paciente, cosa poco común en la Medicina y hacerlo completamente inmune a muchas de estas enfermedades. Entre sus propiedades conocidas está el proveer a quien la toma de un poderoso sentido de la realidad y al mismo tiempo a darse cuenta de que esa realidad, aunque esté al alcance de la mano, es capaz de sorprendernos continuamente. Su sentido del humor es la consecuencia necesaria de esta disposición a ver el mundo con cara de sorpresa. Al mismo tiempo, quien tome una cura chestertoniana será capaz de enzarzarse en toda suerte de polémicas sin perder sus amistades, o más bien adquiriendo amigos variopintos. En suma, siguiendo el sabio consejo de Menphis la Blusera, será capaz de poner humor a la verdad, requisito imprescindible en toda buena política de salud y cuya omisión explica muchos fracasos en la defensa de la ortodoxia. Hay que advertir, con todo, que no todo el mundo es capaz de tomar esta medicina tan completa. Una tarea importante consiste, en ayudar al mayor número posible a ponerse en condiciones de ingerirla. Una ayuda útil es el buen vino que crece en el Valle Central chileno, en Mendoza y en otros lugares privilegiados. Este don divino, tan apreciado por Chesterton, es el inicio del buen filosofar.
Naturalmente esta no es la única medicina aplicable. Hay otras que la complementan a la maravilla, como las curas lewisianas, las tolkinianas y las cervantinas. Recientemente se ha descubierto un agente activo, de nombre Benedicto, que tomado en dosis de 16 mg. da muy buenos resultados. Hay también hierbas medicinales al alcance de la mano en lugares como Ávila, Cracovia, Barbastro o Liseaux, que aguzan la vista y mejoran el corazón.
Lo importante, sin embargo, es la disposición del paciente a tomarlos. Hay una manera infalible para saber cómo andan esas disposiciones. Basta con preguntarle al cristiano: “¿Cuánto tiempo y dinero está dispuesto usted a invertir en la apasionante tarea de la segunda evangelización de nuestro continente americano, a la que tantas veces nos ha llamado el Papa en estos años?”. Este es un método que puede parecer terriblemente materialista pero que nos permite saber sin temor a equivocarnos dónde se halla realmente nuestro corazón.


Joaquín García-Huidobro Correa

Recensión a una obra de M. Spieker

Spieker, Manfred, Kirche und Abtreibung in Deutchland. Ursachen und Verlauf eines Konflikts (Iglesia y aborto en Alemania. Causas y desarrollo de un conflicto), Ferdinand Schoeningh, Padeborn, 2001, 260 págs.

Muchas veces se ha dicho que lo propio del totalitarismo es la pretensión de decidir sobre cosas que son previas a la política, como, por ejemplo, determinar quienes son personas. Por eso resulta paradójico que a pocos años de haber superado las formas de totalitarismo más relevantes que ha conocido la humanidad, en diversos países de Occidente se discuta apasionadamente acerca de la posibilidad de que los no nacidos sean eliminados bajo el amparo de la ley. Cabe decir, entonces, que hoy la cuestión del aborto ha llegado a ser el problema político fundamental. Esto ya es un mal síntoma, pues la vida no nacida debería considerarse el bien indisponible por excelencia y, en consecuencia, estar más allá del juego político.
La obra del politólogo Manfred Spieker Iglesia y Aborto en Alemania, da cuenta de la larga historia que ha experimentado esta cuestión en uno de los países más influyentes y —qué duda cabe— el que más sensibilidad debería mostrar en cuestiones relacionadas con el derecho a la vida. Lo hace describiendo el papel de los dos actores más importantes involucrados en esta discusión, la Iglesia y el Estado. El autor hace ver, sin embargo, que al interior de ninguno de estos dos sujetos las posiciones son siempre nítidas y homogéneas. Esta circunstancia no debería llamar la atención en el caso de la política secular, pero sí adquiere ribetes dramáticos cuando se trata de la actitud de los cristianos frente a un tema tan sensible.
Como se sabe, el aborto no se introdujo en Alemania bajo la forma de una autorización general para practicarlo cumplidas ciertas condiciones, como ocurrió en los Estados Unidos con la decisión de “Roe vs. Wade”. Dado que la Ley Fundamental es muy explícita en la protección de la vida y la dignidad humanas, la introducción de esta práctica sólo se pudo realizar en forma (al menos teóricamente) restrictiva y no como un derecho a abortar sino como una despenalización de esta conducta en ciertas condiciones. En la práctica, lo que fue concebido como un mecanismo excepcional fue adquiriendo —casi imperceptiblemente— dimensiones mucho mayores que las que cabía esperar del propio texto escrito. Esto no obstante los pronunciamientos del Tribunal Constitucional que expresamente rechazaron la idea de que el aborto podía ser realizado libremente dentro de un plazo determinado. Spieker muestra con detalle las formas que fue revistiendo la campaña abortista en su país y el cambio de sensibilidad que tuvo lugar.
El problema más complejo se produjo a raíz de la reunificación de las dos Alemanias. Como se sabe, en la República Democrática Alemana el aborto estaba muy extendido y se permitía sin restricciones durante un plazo de varios meses. Como el aborto había pasado a formar parte de la mentalidad de los ciudadanos del Este, la presión por mantener tal régimen después de la Reunificación fue muy grande. Sin embargo, como la Ley Fundamental de 1949 continuó siendo la Constitución alemana, el Estado alemán unificado no pudo acceder a esos requerimientos. El Tribunal Constitucional rechazó las fórmulas legislativas esbozadas, de manera que se llegó a una solución de compromiso. Ésta consistía en mantener la prohibición de realizar abortos, pero despenalizar el caso en que la mujer que recurría a él pudiera acreditar que había sido asesorada sobre la materia. Este asesoramiento, que podían llevar a cabo tanto entidades estatales como eclesiásticas, debía intentar evitar el aborto. Una vez que la consulta tenía lugar, se extendía un certificado de asesoramiento. Como este asesoramiento tenía un carácter obligatorio, el certificado que se emitía a resultas de él era un requisito indispensable para abortar. Además, se trataba de un certificado cuyo único fin era facilitar la práctica del aborto de manera no punible.
Como se ve, la situación plantea un problema bastante delicado para los cristianos: la participación en este sistema ideado por el legislador. Nadie discute que los cristianos tienen el derecho a fundar instituciones que den asesoría destinada a disuadir a las personas que quieran abortar. Así lo hacen hasta el día de hoy diversos grupos pro vida y comenzó a hacerse en determinadas diócesis alemanas. Sin embargo, como en estos consultorios no se expende el certificado de asesoramiento, tampoco reciben financiamiento del Estado, porque están, por así decirlo, fuera del “circuito” legal. Al no recibir financiamiento estatal ni ser obligatorio, estos consultorios se encuentran en una posición de “desventaja”. Quienes acuden a ellos, aunque después decidan abortar, no pueden hacerlo sin sufrir la sanción correspondiente. La única forma de evitar la sanción es acudir a un establecimiento reconocido oficialmente. La tentación para los cristianos es grande: si se integran al sistema oficial tienen asegurada una clientela numerosa —aparte del financiamiento del Estado— y, por tanto, la posibilidad de salvar muchas vidas. El costo, sin embargo, consiste en que las mujeres que decidan abortar podrán hacerlo gracias al certificado que habrán recibido de esas organizaciones. Es la vieja discusión de si acaso el fin justifica los medios.
Diversos autores, como Spaemann y el propio Spieker, señalaron que no era lícito participar en ese proceso, pues se trataba de un caso típico de cooperación al mal. La misma doctrina fue mantenida por la Santa Sede. Sin embargo, la mayoría de los organismos oficiales de la Iglesia en Alemania, y muy especialmente la agrupación laical “Donum Vitae”, no siguió este predicamento. La razón de esta conducta tiene una raíz doctrinal: la difusión en los medios católicos de habla germánica de las teorías morales del disenso, en especial del consecuencialismo, para el quel la moralidad de un acto no se mide por su objeto sino por las consecuencias. Un número importante de Obispos siguió este modo de actuar durante largo tiempo y sólo tras enormes esfuerzos el Papa Juan Pablo II logró que renunciaran a participar del sistema oficial.
El libro de Spieker está muy documentado. Su importancia no reside únicamente en su capacidad para enfrentar el problema desde ángulos muy diversos, sin dejar argumento por tratar. Tiene además el mérito de poner ante nuestros ojos un tema que, como pocos, constituye una muestra inigualable de los problemas que enfrenta hoy la Iglesia Católica. En toda la discusión en torno al aborto, primero, y el certificado de asesoramiento después, llama la atención la notable coherencia del magisterio romano en su defensa de la vida. Por contraste, sorprende que aquellos círculos teológicos y eclesiásticos alemanes que en 1968 se apartaron del magisterio aparentemente en un solo punto (el de la ilicitud de la contracepción) se quedaron sin las herramientas doctrinales necesarias para resolver una serie de dificultades, entre las cuales el mencionado certificado de asesoramiento es sólo un ejemplo. No hace falta una gran penetración para adivinar hacia dónde llevará este disenso teológico en las discusiones morales que se prevén para el futuro.
Quienes en Alemania se han opuesto a las directrices de la Santa Sede en estas materias, como en otras, lo hacen invocando su conciencia. Ella los mueve a ayudar a las mujeres que están en dificultades y —consecuentemente— a salvar muchas vidas humanas en gestación. No obstante, en todo el mundo grupos pro vida han organizado sistemas de asesoramiento a los que pueden acudir libremente las mujeres enfrentadas a la alternativa del aborto. Nada impide que los católicos alemanes y muchas otras personas hagan lo mismo en su país. Naturalmente, la diferencia radica en que, en Alemania, las mujeres que quieran abortar están obligadas a pedir ese consejo, lo que —en buena medida— asegura que muchas llegarán a consultar a esas organizaciones, cosa que no sucede con las que promueven los defensores de la vida no nacida en otros lugares: una supuesta ventaja para Alemania. El problema, empero, no es si se ayuda o no a las mujeres embarazadas a evitar un aborto —en eso, que no es poco, están todos de acuerdo— sino si se está dispuesto a renunciar a la privilegiada posición que da el apoyo de la fuerza de la ley. Reconozco que el problema es difícil y que el peso de muchos siglos de historia hace difícil abdicar de la ayuda que el trono puede darle al altar. Allí me parece que está buena parte de nuestras diferencias de opinión y no tanto en el hecho de que unos sigan su conciencia mientras otros se limiten a obedecer dictados ajenos, en este caso romanos.
Al lector hispanoamericano le sorprenderá que Spieker hable siempre de la “posición minoritaria” para referirse a la que mantuvo el Papa Juan Pablo II —y él mismo— en este doloroso debate que aquí se documenta. Los partidarios del disenso se apoyan, en gran medida, en la seguridad que les da el constituir la mayoría. La pregunta es: ¿qué mayoría? Porque, nos guste o no, hace muchas décadas que los católicos centroeuropeos sólo constituyen una pequeña minoría de la Iglesia Universal. En materias de fe y moral, la verdad no está dada por las encuestas. Sin embargo, quienes están tan preocupados por no ser minoritarios harían bien en reparar en un hecho que se repitió desde 1978: los millones de hombres y mujeres que convocó Juan Pablo II en la mayoría de los países que visitó no parecían estar particularmente afectados por el complejo anti-romano de algunos centroeuropeos. Y este fenómeno también parece haberse mantenido con Benedicto XVI, su sucesor. En este sentido, Manfred Spieker y los otros que en Alemania han realizado una decidida defensa de la vida no son tan minoritarios como piensan.

Joaquín García-Huidobro Correa

Antigüedad romana

Vidal, Gerardo, G. Vidal, Retratos de la antigüedad romana y la primera cristiandad, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 2003

Este nuevo libro del profesor Vidal es una obra provocativa, por diversas razones. En primer lugar, porque estamos en una época de pensamiento débil, cansado, que por definición es contraria a las grandes visiones generales. Y el autor pretende nada menos que dar una visión del mundo romano, desde los inicios hasta Constantino. Lo hace de un modo muy peculiar, a saber, mostrando los caracteres más significativos. En cierta medida, su empeño recuerda obras como la Psicología de los pueblos de Juan Roger, escrita hace más de 40 años, con una importante diferencia: lo que el autor francés, pretendía realizar haciendo abstracción de las personas y fijándose sólo en las grandes tendencias históricas y sociales, Gerardo Vidal lo lleva a cabo por un procedimiento exactamente inverso, a saber, sumergiéndose en individuos muy concretos, en sus vidas, pasiones y caracteres. En este sentido, esta obra también es hija de nuestro tiempo, que desconfía de grandes relatos y teorías abstractas. La diferencia es que la desconfianza de Vidal no es una desconfianza escéptica, sino que apunta a la posibilidad de alcanzar una verdad en la misma medida en que descubre en los casos particulares ciertas constantes que tienen un carácter universal. Así como en el Aleph de Borges hay un punto en el que se halla concentrado el universo entero, en cada retrato que hace el autor podemos reconocer no sólo un pedazo de la historia de Roma sino también de toda historia posible.
El segundo punto en que esta obra se aparta de lo habitual es evidente: el autor es un enamorado de los clásicos, en una época en que algunos parecen empeñados en olvidar que somos hijos de una historia. Si en siglos pasados el solo hecho de que una enseñanza o doctrina fuese antigua parecía constituir una presunción de su verdad, hoy parece caerse con demasiada frecuencia en la exaltación de lo nuevo por lo nuevo, lo que no parece muy razonable.
El tercer punto que conviene destacar es la ambigüedad de los caracteres que aquí se presentan. Si hubiera que señalar el núcleo conductor del libro, al menos en lo que a Roma se refiere, me parece que está dado por el contraste entre sencillez y complejidad. Roma nace en un mundo agrario y particular, en donde se aprecia el trabajo, se venera a dioses y antepasados, y se valora el desprendimiento de los afanes individuales para servir al bien común. Es el mundo de Cincinato, que deja su arado para poner orden en la ciudad y una vez que lo consigue vuelve a sus labores diarias, como un hombre impermeable a las seducciones de la gloria y el poder. Es el momento de la sencillez. Pero Roma, que nace rural, se torna urbana. Lo particular de una ciudad se transforma en la universalidad del imperio. El servicio temporal y desinteresado a la cosa pública es reemplazado por grandes burocracias y por las intrigas del poder. El valor y sobriedad de sus soldados la hacen grande, pero esa grandeza trae consigo oro y esclavos, codicia y molicie, diversiones y vanidad. La historia de Roma no es otra cosa que el drama de un pueblo que se hace grande gracias al espíritu de sus orígenes, pero que en ese crecimiento ya no puede mantener la sencillez del principio, se hace cada vez más complejo y termina por traicionar aquello que lo engrandeció. De ahí los diversos empeños por restaurar las costumbres de los antiguos y los ideales de los comienzos. Estos empeños revisten formas muy diversas, desde Catón hasta Augusto, pero tienen en común estar destinados al fracaso. Frente a los empeños restauradores, se alzan otras tendencias que apuestan al progreso, al refinamiento, al poder de los sistemas de organización por sobre las virtudes de las personas; que dejan un espacio grande a la frivolidad, la diversión e incluso a los vicios, pero que en esa misma dispersión son incapaces de consolidar lo ganado y terminan también en el fracaso. Si hubiera que poner un ejemplo tomado del mundo de las letras, habría que citar el contraste que se da entre Virgilio y Ovidio; si vamos a la política, el contrapunto se da entre Catón y Escipión, o entre Trajano y Adriano.
Esta tensión entre lo simple y lo complejo se traslada también al cristianismo. Como muestra el autor, el mundo de Tertuliano, por ejemplo, es simple: él ha recibido la fe y con eso le basta. La filosofía y la ciencia son superfluas para quien ha adquirido una sabiduría superior, para quien ha descubierto la locura de la cruz. Muy distinto es el caso de san Justino, que se toma en serio el consejo de san Pedro y procura dar razón de su esperanza. Así, mientras Tertuliano desprecia a Platón y los estoicos, Justino los muestra como precursores de la fe y toma sus herramientas filosóficas para penetrar y exponer el dato revelado.
¿En qué reside la ambigüedad del autor? En que uno esperaría una toma de posición, en donde se dijera, por ejemplo, que la razón estaba del lado de los restauradores, que lo que se debía haber hecho era volver a la austera vida de los orígenes. O al revés, que resulta absurdo negarse a lo que hoy llamaríamos “las exigencias inmanentes de todo proceso de modernización”; que es necesario reemplazar las características de los líderes por procesos predeterminados que permitan tomar decisiones racionales disminuyendo los riesgos de error. Pero no hay tal. El autor se limita a describir, a contar historias, a mostrar contrastes y contradicciones que parecen inevitables para la naturaleza de los hombres. ¿Significa esto que en esta obra está ausente toda intención pedagógica? Me parece que esa conclusión no sería acertada. Se trata de un libro que sólo puede escribir un profesor que ha dedicado un buen número de años a la enseñanza. Por otra parte, quien lo lea podrá conocer una serie de “experiencias concentradas”, para emplear la expresión de Spaemann. Esta es una obra que nos ayuda a conocer mejor lo que es el hombre, y en ese sentido es máximamente pedagógica. Pero no lo es si alguien busca en ella un criterio nítido de distinción entre buenos y malos, o pretende obtener un cúmulo de moralejas o recetas prefabricadas para la vida. Como bien ha dicho Orellana Benado, la distinción entre el bien y el mal no coincide con la distinción entre los buenos y los malos. En la realidad las cosas están mezcladas, muy mezcladas. Baste como ejemplo el caso de Séneca, autor de maravillosas reflexiones sobre la sobriedad, el desprecio de la vida cortesana o el desinterés por la política, y cuya vida en buena medida refleja lo contrario.
El autor ha realizado una cuidadosa selección de los personajes. Sin embargo, toda selección tiene la dificultad de dejar afuera figuras importantes. Me permito echar en falta una de ellas: Flavio Josefo, el militar ingenioso y valiente que debió dirigir la defensa en Galilea contra Vespasiano y Tito, que venían a sofocar la rebelión de los judíos. Derrotado, profetizó a Vespasiano y su hijo que llegarían a ser emperadores. Éstos le respetaron la vida y lo llevaron consigo en el resto de su campaña. Una vez en el trono imperial, le otorgaron una pensión que le permitió dedicarse a escribir el relato de una de las mayores tragedias de la antigüedad: la destrucción de Jerusalén. La figura de Josefo tiene un enorme interés no sólo para judíos y cristianos. También constituye un observador privilegiado de la grandeza de Roma, de sus costumbres militares y su sentido de la justicia.

Se trata, en suma, de un libro bien escrito, capaz de instruir y entretener, de contar a la vez varias historias sin que el resultado sea un desorden. Se viene a sumar a sus Retratos de la Antigüedad Griega (Universitaria, Santiago, 2002) y constituye un paso muy auspicioso en la difícil, y hasta ahora magníficamente bien lograda, tarea de dar a conocer la historia de Occidente a través de sus personajes más relevantes.

Joaquín García-Huidobro

domingo, septiembre 04, 2005

Hirsch amordazado

A comienzos de la década de los setenta, los muchachos de Silo se reunían a hablar de la paz, el amor y una nueva humanidad. Si alguien les hubiese dicho que de allí iba a salir un partido político, habrían dudado de la salud mental del que hablaba. Pero, como enseña Mercedes Sosa, "cambia, todo cambia": 15 años después, el Partido Humanista era el primero en ser aprobado por la legalidad inspirada en la Constitución de 1980. Hablaban de un partido distinto, lejos del marxismo, del neoliberalismo y de todas esas tosquedades políticas. Si por entonces alguien les hubiese insinuado que un día irían de la mano con los comunistas, habría sido objeto de burlas. Los humanistas decían por entonces que lo suyo era un camino propio. Pero "cambia, todo cambia", y hoy los tenemos unidos a un alicaído PC, al que incluso le impusieron un candidato del barrio alto, vestido con un cuidado descuido y cuya voz tiene un timbre muy diferente del comunista. El elegido es Tomás Hirsch, un joven veterano en las lides presidenciales.Su programa tiene cosas interesantes, calla otras que me parecen importantes y propone algunas que podrían llevar a transformar a Chile de forma tal que haría las delicias de Evo Morales. Con todo, el público apenas sabe lo que piensa. La culpa no es de Hirsch, que sí piensa, ni obedece a un original deseo suyo de pasar inadvertido. El problema es que este señor tiene la desgracia de estar en clara minoría, y esto parece ser un grave crimen en aquello que llaman nuestro sistema democrático. Algunos se ríen porque Hirsch reconoce que va a perder y, a pesar de eso, llama a votar por él. Nos dice que el voto en primera vuelta "vale". A mí me parece una estrategia muy digna, y no veo por qué en política haya que apostar siempre al caballo ganador, y menos en una primera vuelta. Y votar por Hirsch me parece un error, aunque probablemente menos grave que anular el voto o votar en blanco, que son recursos que sólo deben emplearse en casos muy excepcionales.La Srta. Jeannette (la de verdad, no la de TV), una profesora extraordinaria que me enseñó las primeras letras, me explicó que lo propio de la democracia es que todos pudieran debatir. Es decir, que lo propio de este sistema es el diálogo. No lo dijo con esas palabras, sino de manera mucho más inteligente, que permitió que se me quedara grabado hasta el día de hoy. Pero los reyes de las encuestas han determinado que el Sr. Hirsch no merece ser convocado al debate. Es un paria, con el que resulta indigno conversar.Entiéndase bien: no tengo el más mínimo escrúpulo en que algún neonazi, terrorista o cualquier cosa que se les parezca sea excluido del juego político, porque no acepta ciertas reglas ni respeta bienes elementales. Sin embargo, no me parece que ésa sea la situación de don Tomás. Y, en todo caso, no son Bachelet, Lavín ni Piñera los encargados de decretar esa exclusión.Supongamos incluso que su apoyo fuera insignificante, que sólo llegara a un 1 o 2 %. ¿Significa eso que a los miles de chilenos que están detrás de él se les negará a priori la posibilidad de crecer, de convencernos al resto de que su propuesta es mejor que las otras?Todos recordamos las emocionantes palabras con las que ciertos líderes de la izquierda y la Democracia Cristiana hablaban contra el extinto Art. 8° de la Constitución. Decían que anhelaban un Chile donde no hubiera exclusiones y todos pudieran hacer uso de la palabra. ¿Tan pronto se olvidaron del sueño de un país donde sólo pesara la fuerza de los argumentos? Probablemente no. Lo que sucede es que "cambia, todo cambia".El Sr. Hirsch está sufriendo en carne propia lo que significa gozar de una libertad burguesa; es decir, una libertad de papel. Nadie lo persigue ni lo encarcela por sus dichos o ideas, pero carece de las posibilidades mínimas para ejercerla. ¿Conoce alguien una mordaza más efectiva?¿Y por qué B, L & P lo ignoran y evitan conversar con él? Quizás los lectores tengan más imaginación que yo. Sólo se me ocurre que a Joaquín Lavín y a Sebastián Piñera no les conviene que aparezca alguien a la izquierda de la candidata socialista, porque la haría verse con mejor cara. (En todo caso, hay que reconocer que el candidato de RN mostró alguna disposición a incluirlo en los debates). Y, en lo que a Michelle se refiere, me temo que el Sr. Hirsch podría hacerle un par de preguntas incómodas. Todo esto quizás permita que B, L & P ganen algún punto en las encuestas, pero no sé si los ayuda a tener credibilidad.

Joaquín García-Huidobro

¿Qué le falta a Piñera?

Debo advertir que cuando pienso en Sebastián Piñera como candidato presidencial me afectan dos prejuicios. El primero es que, aunque en lo personal no estaría dispuesto a ser millonario, tengo simpatía por este tipo de personas y considero que, si consiguen llevar una vida relativamente austera, puede cumplir una función social muy importante. El segundo prejuicio es que me gustaría que un empresario fuese Presidente de Chile. Aquí no se trata de simpatías, sino de admiración por esos motores del progreso que tantas veces resultan incomprendidos.
En todo caso, la discusión de si los talentos de administrador son los mismos que los de gobernante es muy antigua. Sócrates pensaba que sí. Con él, muchos de los adherentes a Piñera se imaginan un país en donde todo funcione con la eficiencia y amabilidad de un vuelo en Lan Chile. Sin embargo, comenzando por Aristóteles, no faltan los que dicen que se trata de talentos muy diferentes y que nada asegura que la capacidad empresarial se traslade a la difícil tarea del gobierno político. Estos aguafiestas ven con horror un futuro en que los chilenos recibamos órdenes como las que da un gerente a sus subordinados.
La candidatura presidencial de Piñera fue mérito de algunas destacadas figuras de la UDI, que olvidaron que nunca conviene poner a la gente entre la espada y la pared. Hasta los mayores adversarios de Piñera dentro de su partido, reconocen que su nominación fue un comprensible acto de rebeldía. Hubo un momento en que RN quiso decir “basta” y lo hizo a través del mensaje que más podía dolerle a sus amigoenemigos.
Mi contacto personal con este candidato es nulo. La única excepción tiene que ver con los dos prejuicios positivos que enunciaba al principio. Una vez lo vi acercarse y, aunque no nos conocemos, me propuse saludarlo. Eran los años en que él presidía aún su Partido y, como pienso que esa es una tarea muy ingrata, consideré que a la gente que hace esos sacrificios hay que darle un reconocimiento, aunque sea tan pequeño como un saludo. Por alguna razón, mi saludo no fue correspondido. Como no daba para ninguna teoría al respecto, me olvidé del tema hasta que me fui encontrando con diversas personas que, en sus empresas o en la vida diaria, habían tenido una experiencia semejante.
El asunto me intrigó. Mientras conversaba con una persona me puse a pensar sobre el tema: ¿por qué pareciera que Sebastián Piñera no se interesa mucho por los demás? Ya había desarrollado un par de hermosas teorías cuando mi interlocutor me dijo: “—¡No me estás pescando! ¿No te interesa lo que te estoy diciendo?”. Casi lo abrazo de felicidad. Mi propia actitud me había permitido entender lo que le pasa al candidato de RN. Yo estaba conversando con una persona muy querida, jamás podría pensar que no me interesaba lo que me decía. Sin embargo en ese momento no le presté atención, porque tenía la cabeza en otra cosa. No es desinterés, no es maldad ni arrogancia: simplemente es la limitación humana. Y con Sebastián Piñera sucede lo mismo: tiene la cabeza tan llena de ideas que le resulta muy difícil entender lo que le pasa a quien tiene delante.
La explicación es buena, pero no quita que los electores lo notemos y nos moleste. No creo que logre cambiar en 2 meses y medio. Tendrá que esperar cuatro años. U ocho. En esto tiene mucho que aprender de Lavín y Bachelet.
Cuando Piñera se presentó de candidato, Joaquín Lavín se dio cuenta de que podía ser una oportunidad. En efecto, si hubiesen tenido un mínimo de coordinación habrían dejado atrás a Michelle Bachelet en un par de meses. Pero hasta hace unos días la preocupación fundamental de Piñera parece haber sido obtener un punto más que Lavín en la próxima encuesta y la de la UDI borrar del mapa a Sebastián Piñera. El candidato de RN lleva la competencia en la médula y esto molesta enormemente a los partidarios de Lavín. Unos y otros prefieren no salir primeros antes de correr el riesgo de terminar terceros. Mientras tanto, la candidata socialista sigue caminando calladita, lejos del fragor de la batalla. Si todo sigue igual, la Concertación sólo dejará el gobierno cuando la suma de sus errores pueda exasperar a los chilenos, cuya paciencia parece ser inagotable. Cuando llegue ese momento, iremos a implorarles que tomen un cargo. Espero que sus discusiones sobre una concejalía en Buenas Peras no les impidan prestarnos atención.

Joaquín García-Huidobro