lunes, julio 25, 2005

A 40 años de la Nostra Aetate

Discurso pronunciado en un acto conmemorativo del 40 aniversario de la declaración conciliar Nostra Aetate (17-IV-05)

La existencia del pueblo judío es un auténtico escándalo para la teología y la historia. Desde niños hemos aprendido que es el pueblo elegido. Y si hoy estamos aquí es porque lo creemos firmemente. Cuando los cristianos decimos que somos un injerto en ese olivo venerable, nos hacemos parte de ese escándalo. El antisemitismo no sólo es un error histórico o político. Pienso que, para un cristiano, es también una herejía, una lesión del núcleo más íntimo de su fe.
Afirmar la existencia de un pueblo elegido implica constatar dos cosas importantes a propósito de Dios, que es quien elige. La primera es su carácter providente. Nuestro Dios se ocupa de los asuntos humanos. Esto parece ser incompatible con su grandeza y dignidad. El propio Aristóteles enseña que Dios ni siquiera conoce a los hombres, pues un objeto tan limitado no sería congruente con su perfección. Para él, Dios sólo puede conocerse a sí mismo. Esta idea es recogida por buena parte del pensamiento ilustrado, que toma la moral de la tradición judeocristiana pero no su teología. La segunda constatación es aún más provocativa: si Dios ha elegido a un pueblo, entonces quiere decir que no trata a todos los hombres por igual. O sea que nuestro Dios no es políticamente correcto. Esa elección no se basa, como todos sabemos, en los méritos de los elegidos, sino en su voluntad amorosa, que no alcanzamos a descifrar. Si esto es así, la existencia de un pueblo como el judío nos da luces acerca de la condición humana. Una de ellas es nuestra capacidad para atisbar ciertas verdades pero, simultáneamente, nuestra incapacidad para abarcarlas. Dicho con otras palabras, nuestra razón no es la última Razón. La tradición teológica gusta utilizar una semejanza tomada del ya citado Aristóteles: la lechuza no ve durante el día no por falta de luminosidad, sino por exceso de ella. Otro tanto nos sucede ante las verdades divinas: nuestra mirada se queda ciega ante la luz.
Pero también la existencia los judíos es un escándalo que desafía todas las supuestas leyes de la historia. Ellos tienen una historia milenaria, pero su permanencia no se basa en las armas de los ejércitos, en el prestigio social o el poder de este mundo. De ser así, ya habrían desaparecido muchas veces. Son errantes y sufrientes. Habitan en el dolor como en su propia casa. Si han subsistido a pesar de estar tantas veces al borde de la nada, es porque son objeto de esa peculiar llamada que les hizo y hace Aquél que saca todas las cosas de la nada. Humillados, no se doblegan. Perseguidos, golpeados, heridos, calumniados, cubren su cabeza y se acercan al Muro reverentes. Son los hombres de la espera.
También nosotros, los cristianos, queremos ser hombres de la espera. Es decir, hombres que saben que no está dicha la última palabra.
El 40 aniversario de la Nostra Aetate nos llena de esperanza y, por tanto, de alegría. En sentido estricto, este documento conciliar no ha hecho nada más, ni nada menos, que traer a nuestra memoria el capítulo 11 y otros pasajes de la carta de Pablo a los Romanos. Esto es importante, porque la memoria humana es frágil, también la de los creyentes. Y no deja de surgir una pregunta inquietante: ¿por qué tuvo que pasar tanto tiempo hasta que la generalidad de los cristianos entendiéramos que necesitamos a los judíos para conocernos a nosotros mismos?
Este aniversario coincide con la muerte de Juan Pablo II, quien resumió la enseñanza conciliar en su bella y profunda caracterización de los judíos como “nuestros hermanos mayores en la fe”. Sus textos sobre el pueblo judío y la herencia que recibimos de él son muchos y profundos. Pero más elocuente fue su ejemplo. A muchos de nosotros nos ayudó a ver que nuestros hermanos mayores son un olivo cargado de años. Ellos nos dan la ciencia y la experiencia, mientras descansamos a su sombra.
En estos 40 años nuestra mirada hacia los judíos ha cambiado mucho. Probablemente también la de ellos hacia nosotros. Quizá podemos todos cantar lo mismo que el Salmo, cuando Yavéh cambió la suerte de Sión:

“Cuando Yahveh hizo volver a los cautivos de Sión,
creíamos soñar;
entonces se llenó de risa nuestra boca
y nuestros labios de gritos de alegría” (Ps. 126, 1-2).

Sabemos que no sólo a la memoria de los católicos han vuelto estos hombres de Sión, que estaban cautivos por nuestros prejuicios, malentendidos y desconocimiento. En todas las confesiones cristianas cabe apreciar un movimiento semejante. Para todos fue un motivo de alegría la publicación de la Nostra Aetate, como también todos viajaron espiritualmente junto a Juan Pablo II en ese acto conmovedor ante el Muro de los Lamentos, en el bimilenario del nacimiento de Cristo. En este sentido, el diálogo con los judíos ha sido una ocasión privilegiada para conocernos mejor entre nosotros y ese es otro motivo para que demos las gracias.


Joaquín García-Huidobro

domingo, julio 03, 2005

Nadie le dijo nada

Las novatadas se llaman en Chile "mechoneo" ("mechón" es el alumno que acaba de entrar a la Universidad). En los últimos años han subido de tono y llegan a producir auténticos desmanes. De ahí nació la idea de escribir este artículo, publicado en El Mercurio el 6 de marzo de 2005.


Para Dagoberto, marzo es un mes particularmente difícil. Aunque no lo quiera, el recuerdo de su ingreso a la Universidad le agrava la depresión. Había entrado muy contento, como todos sus compañeros. Los profesores eran increíbles y el tamaño y variedad de la Universidad impresionaba. Un señor muy importante les dio la bienvenida, explicándoles que eran unos privilegiados. Días después empezó el mechoneo. Sabía que esa costumbre existía, porque había visto a estudiantes descalzos y pintarrajeados pidiendo plata en la calle para recuperar, previo pago de una “multa”, sus zapatos, pero otra cosa es cuando a uno le refriegan en la cabeza pescado podrido o le cortan el pelo a tijeretazos, sin preguntarle la opinión. Y llegó el día en que lo bañaron en barro y lo tomaron entre cuatro para lanzarlo a la pileta.
¿No sabían que la pileta tenía surtidores de metal? ¿Ignoraban que si uno cae de espaldas con violencia sobre un fierro, lo que se quiebra no es el metal, sino el hueso? Probablemente lo sabían, pero para los alumnos viejos en ese momento lo único relevante era el mechoneo. Y ahí está él ahora, parapléjico.
Al principio fueron a verlo sus compañeros e incluso un profesor, pero pasó el tiempo y ya nadie se acuerda de él. Lo comprende: una semana de clases no es suficiente como para consolidar una amistad. Por suerte le quedan los compañeros del Liceo. Con ellos sí se puede contar.
Dagoberto lee mucho. Su sueño es volver a estudiar en la Universidad, pero para eso hay que esperar que termine la carrera su hermano. Le ha dicho que cuando tenga un sueldo le va a pagar los estudios. Han cambiado sus gustos: ahora quiere estudiar Sociología. Quiere saber por qué la gente a veces pierde su identidad cuando se encuentra en un grupo. Gente que habla de dignidad humana y de respeto, de tolerancia y de inteligencia, se transforma ante la perspectiva del mechoneo.
¿No habrá posibilidad de recibir a los mechones de una manera universitaria?, se pregunta. La gente mechonea a otros porque, a su vez, los mechonearon a ellos. Pero esa no es una reacción muy inteligente. Dagoberto confiaba en que con su curso iba a ser diferente. Estaba seguro de que su caso iba a remover las conciencias y de que sus compañeros iban a renunciar a esa posibilidad, no sólo porque siempre cabe que las desgracias se repitan, sino porque en sí misma es una costumbre degradante y poco universitaria. Su desilusión fue grande cuando vio que todo seguía igual.
Por supuesto que en su caso, como en tantos otros, se hicieron sumarios, que no terminaron en nada. Y si en alguna oportunidad se pretendió aplicar una sanción, no faltó el Centro de Alumnos que amenazó con un paro.
Dagoberto no tiene rencor, pero sí pena. No entiende cómo los profesores se quedan inactivos, cómo nadie le explica a la gente que las cosas pueden hacerse de otro modo. Sabe, sin embargo, que también él tiene un poco de culpa. Si hubiera animado a sus compañeros a una resistencia pasiva, a no poner cara de risa cuando suceden cosas lamentables, hoy estaría sentado en una clase y no en su silla de ruedas.
Yo pienso que ese reproche no es del todo acertado. A Dagoberto y sus compañeros nadie les dijo nada. Nadie le advirtió que la dignidad humana es algo exigente y que, si no se respeta en la primera semana de clases, tampoco se respetará después.

Joaquín García-Huidobro Correa
Universidad de los Andes