A 40 años de la Nostra Aetate
La existencia del pueblo judío es un auténtico escándalo para la teología y la historia. Desde niños hemos aprendido que es el pueblo elegido. Y si hoy estamos aquí es porque lo creemos firmemente. Cuando los cristianos decimos que somos un injerto en ese olivo venerable, nos hacemos parte de ese escándalo. El antisemitismo no sólo es un error histórico o político. Pienso que, para un cristiano, es también una herejía, una lesión del núcleo más íntimo de su fe.
Afirmar la existencia de un pueblo elegido implica constatar dos cosas importantes a propósito de Dios, que es quien elige. La primera es su carácter providente. Nuestro Dios se ocupa de los asuntos humanos. Esto parece ser incompatible con su grandeza y dignidad. El propio Aristóteles enseña que Dios ni siquiera conoce a los hombres, pues un objeto tan limitado no sería congruente con su perfección. Para él, Dios sólo puede conocerse a sí mismo. Esta idea es recogida por buena parte del pensamiento ilustrado, que toma la moral de la tradición judeocristiana pero no su teología. La segunda constatación es aún más provocativa: si Dios ha elegido a un pueblo, entonces quiere decir que no trata a todos los hombres por igual. O sea que nuestro Dios no es políticamente correcto. Esa elección no se basa, como todos sabemos, en los méritos de los elegidos, sino en su voluntad amorosa, que no alcanzamos a descifrar. Si esto es así, la existencia de un pueblo como el judío nos da luces acerca de la condición humana. Una de ellas es nuestra capacidad para atisbar ciertas verdades pero, simultáneamente, nuestra incapacidad para abarcarlas. Dicho con otras palabras, nuestra razón no es la última Razón. La tradición teológica gusta utilizar una semejanza tomada del ya citado Aristóteles: la lechuza no ve durante el día no por falta de luminosidad, sino por exceso de ella. Otro tanto nos sucede ante las verdades divinas: nuestra mirada se queda ciega ante la luz.
Pero también la existencia los judíos es un escándalo que desafía todas las supuestas leyes de la historia. Ellos tienen una historia milenaria, pero su permanencia no se basa en las armas de los ejércitos, en el prestigio social o el poder de este mundo. De ser así, ya habrían desaparecido muchas veces. Son errantes y sufrientes. Habitan en el dolor como en su propia casa. Si han subsistido a pesar de estar tantas veces al borde de la nada, es porque son objeto de esa peculiar llamada que les hizo y hace Aquél que saca todas las cosas de la nada. Humillados, no se doblegan. Perseguidos, golpeados, heridos, calumniados, cubren su cabeza y se acercan al Muro reverentes. Son los hombres de la espera.
También nosotros, los cristianos, queremos ser hombres de la espera. Es decir, hombres que saben que no está dicha la última palabra.
El 40 aniversario de la Nostra Aetate nos llena de esperanza y, por tanto, de alegría. En sentido estricto, este documento conciliar no ha hecho nada más, ni nada menos, que traer a nuestra memoria el capítulo 11 y otros pasajes de la carta de Pablo a los Romanos. Esto es importante, porque la memoria humana es frágil, también la de los creyentes. Y no deja de surgir una pregunta inquietante: ¿por qué tuvo que pasar tanto tiempo hasta que la generalidad de los cristianos entendiéramos que necesitamos a los judíos para conocernos a nosotros mismos?
Este aniversario coincide con la muerte de Juan Pablo II, quien resumió la enseñanza conciliar en su bella y profunda caracterización de los judíos como “nuestros hermanos mayores en la fe”. Sus textos sobre el pueblo judío y la herencia que recibimos de él son muchos y profundos. Pero más elocuente fue su ejemplo. A muchos de nosotros nos ayudó a ver que nuestros hermanos mayores son un olivo cargado de años. Ellos nos dan la ciencia y la experiencia, mientras descansamos a su sombra.
En estos 40 años nuestra mirada hacia los judíos ha cambiado mucho. Probablemente también la de ellos hacia nosotros. Quizá podemos todos cantar lo mismo que el Salmo, cuando Yavéh cambió la suerte de Sión:
“Cuando Yahveh hizo volver a los cautivos de Sión,
creíamos soñar;
entonces se llenó de risa nuestra boca
y nuestros labios de gritos de alegría” (Ps. 126, 1-2).
Sabemos que no sólo a la memoria de los católicos han vuelto estos hombres de Sión, que estaban cautivos por nuestros prejuicios, malentendidos y desconocimiento. En todas las confesiones cristianas cabe apreciar un movimiento semejante. Para todos fue un motivo de alegría la publicación de la Nostra Aetate, como también todos viajaron espiritualmente junto a Juan Pablo II en ese acto conmovedor ante el Muro de los Lamentos, en el bimilenario del nacimiento de Cristo. En este sentido, el diálogo con los judíos ha sido una ocasión privilegiada para conocernos mejor entre nosotros y ese es otro motivo para que demos las gracias.
Joaquín García-Huidobro

