lunes, junio 20, 2005

Al menos un día

Confieso que durante años detesté el día del padre, de la madre y todo lo que pudiera ser un pretexto del comercio para estrujar los atribulados bolsillos de los ciudadanos. Hoy me parecen un invento magnífico y me alegra mucho que los comerciantes tengan una ganancia bien merecida. Si el día del padre no ocupa los titulares de los diarios, al menos es un avance que se observe en las vitrinas. Cuando las tiendas nos invitan a hacer un regalo no están jugando con los sentimientos, sino respondiendo a una necesidad que viene de lo más hondo de nuestra naturaleza.
Que nadie diga entonces que todos los días deberían ser el día del padre o de la madre, porque eso es tanto como decir ninguno. Los seres humanos necesitamos de aniversarios y celebraciones para recordar qué cosas son importantes.
Además, en nuestro tiempo necesitamos con urgencia de este día. Muchas veces se caracterizó al siglo XX como el siglo de la ausencia del padre. Y el siglo XXI parece empeñado en conseguir el mismo título. ¿Por qué en nuestro tiempo el padre parece un ser ausente? Son muchos los motivos. En ocasiones el padre simplemente está muy ocupado haciendo cosas importantes y los hijos apenas lo ven. Otras veces está en casa, pero pegado a la televisión y no tiene tiempo para nadie. En ocasiones el padre no está porque simplemente se fue.
En esta época en que el padre está ausente, son muchos los hijos que cantan con John Lennon, en la más triste de sus canciones: “Padre, tú me dejaste/Pero yo nunca te dejé/Yo te necesité/ Tú no me necesitaste/ Así que sólo tengo que decirte/Adiós, adiós”.
La ausencia del padre causa innumerables heridas. Así, muchas veces se ha dicho que detrás de los casos de homosexualidad masculina hay casi siempre un padre ausente y una madre sobreprotectora. La figura del padre no puede ser reemplazada ni por la mejor de las madres.
En el plano religioso el padre es fundamental. No es casual que la tradición judeocristiana presente a Dios bajo la figura del padre. Y aunque, en sentido estricto, es la paternidad divina la que explica y fundamenta la humana, no podemos olvidar que, en el orden del conocimiento, nosotros entendemos la paternidad divina a partir de la idea que nos formamos de la paternidad humana. Cuando ésta falta, las ideas más básicas de la experiencia religiosa pueden resultar alteradas o al menos afectadas.
Muchas veces, sin embargo, un padre ausente no es más que un padre que ha sido rechazado. Un hombre que ha cometido algunos errores en la vida y no sabe cómo volver.
Este día nos permite decirle a los padres que son importantes. Y ninguno de ellos se siente ofendido porque el día de la madre tenga más importancia. Ellos se contentan con poco. Cuando reciben un regalo recuerdan y recordamos que la vida misma es un don, que tenemos buenos motivos para estar agradecidos y que, si bien podemos equivocarnos, siempre cabe pedir perdón y comenzar de nuevo.

Joaquín García-Huidobro
Director de Estudios
Universidad de los Andes


(Publicado en El Mercurio, 19-6-05, A2)

domingo, junio 05, 2005

Carta a un estudiante

Estimado (a) estudiante de primer año:

Aunque no te conozco -espero tener la oportunidad en un futuro cercano-, quiero contarte algunas cosas que me hubiese gustado oír hace ya algunos años, cuando pasé por tu misma situación. Lo que te digo está basado en mi experiencia en el aprendizaje y enseñanza del Derecho, y puedes complementarlo con lo que vaya siendo tu propia experiencia como también la de profesores y estudiantes de cursos superiores.

Siempre me ha llamado la atención el cambio que experimentan los estudiantes entre cuarto medio, en donde parecen saberlo todo, y el ingreso a la Universidad, a la que llegan con aire apocado y dispuestos a creer todo lo que les digan. Pienso que ninguna de las dos actitudes es realista: no eres ni tan sabio como pensabas al terminar el colegio ni tan inútil como te parecerá dentro de poco. Pero, en todo caso, es bueno mantener esa conciencia de la propia ignorancia. La Universidad es para gente que quiere aprender: profesores y alumnos. Por eso, desconfía del profesor que crea saberlo todo.

Hay dos dificultades que encontrarás muy pronto. La primera es que al alumno de primer año, si es joven, le cuesta mucho distinguir lo principal de lo accesorio. Y esto, si se tienen varios centenares de páginas por delante, puede ocasionar problemas. La dificultad se resuelve yendo a clases (los profesores mismos se encargan de poner énfasis en determinadas cuestiones), pidiendo consejo a buenos alumnos de los cursos superiores o al profesor mismo, y, sobre todo, si, al estudiar, te preocupas de pensar qué importancia puede tener esta materia, cómo se relaciona con otros temas que has visto, y qué consecuencias prácticas puede tener.

La segunda dificultad reside en el desconocimiento del lenguaje. Cada disciplina tiene una terminología propia, que tendrás que conocer pronto si quieres expresarte con propiedad y entender la bibliografía que el profesor te recomienda. Aquí te invito a adquirir la costumbre de consultar con frecuencia el Diccionario de la Academia de la Lengua, buscando las acepciones pertinentes, y los diccionarios especializados. Si no te contentas con las explicaciones de clase, y consultas los libros que sirven de base al profesor (un buen profesor no esconde a sus alumnos las fuentes de su conocimiento) podrás avanzar rápidamente en la adquisición del vocabulario.

Cuanto más pronto te decidas a estudiar en las tardes lo que viste en la mañana, mejor. Como tendrás fresca en la cabeza la clase del profesor, te será mucho más fácil repasarla. Así cumplirás con un principio elemental: siempre hay que llegar a clase sabiendo lo que se vio la clase anterior. Esto permite estudiar en clases, en vez de limitarse a tomar apuntes que apenas se entienden y que habrá que descifrar no se sabe en qué momento. Quien no estudia todos los días corre el riesgo de ser abatido por lo que un amigo mío llamaba los sunami: esas grandes olas de materia que se van acumulando mientras uno se limita sólo a estudiar para la próxima prueba, dejando desatendidos aquellos ramos en los que no hay control a la vista. El estudio tiene que ver con el orden más que con la inteligencia.

Ojalá venzas pronto el miedo a preguntar en clases lo que no entiendes. Tus compañeros se reirán. Algún profesor calificará de “tonta” tu pregunta (personalmente nunca he oído preguntas tontas de parte de los alumnos; las preguntas son siempre útiles), pero aprenderás. No te quedes con dudas. Si no puedes preguntar recurre a otros alumnos o al profesor después de clases.

A la Universidad se viene a estudiar. No hay mejor contribución que puedas hacer en este momento al país. Quienes se dedican a arreglar el mundo y no estudian, olvidan que los problemas son suficientemente complejos como para exigir de nosotros los mejores esfuerzos intelectuales. Y la inteligencia se cultiva con el estudio.

Saber estudiar exige saber descansar: deporte más que TV, clásicos mejor que libros de moda. Un rato para leer un buen diario. Y, por último, saber perder. No tener miedo al fracaso. La única manera de aprender a superar las derrotas es sufrir algunas. Ojalá te lleguen pronto y tengas valor para seguir luchando. Aunque sólo sea por eso, se habrá justificado tu paso por la Universidad.

Joaquín García-Huidobro Correa
Director de Estudios
Universidad de los Andes

¿Podrán jubilar las dueñas de casa?

En la discusión acerca de si las dueñas de casa deben recibir una jubilación hay una actitud que sería bueno evitar: la de quienes rehúyen el debate señalando que se debe sólo a propósitos electorales de quienes los proponen. Yo, al menos, carezco de un medidor de intenciones. Y si lo tuviera, tampoco me parece que el propósito de ganar votos sea un motivo suficiente para descartar una iniciativa. La política será más sana si nos acostumbramos a juzgar argumentos y no intenciones.
El tema no es sencillo, y es campo fértil en prejuicios. Para facilitar las cosas, voy a exponer claramente cuáles son mis prejuicios al respecto: pienso que, si me ha ido bastante bien en la vida, es gracias a que tuve cerca una madre que eligió el difícil camino de quedarse trabajando en su casa para enseñarme a hablar, leer, jugar, hablar en público, respetar a la gente y otra serie de cosas muy importantes, como aprender cuentos y poesías.
Al prejuicio señalado debo agregar otro: si en vez de hacerles la vida tan difícil a las dueñas de casa les facilitamos un poco las cosas tendremos niveles mucho menores de delincuencia juvenil, soledad, fracaso escolar, etc.
Naturalmente, no todas las personas pueden darse el lujo de trabajar como dueñas de casa. O no todas quieren hacerlo en régimen de jornada completa. Hay muchos otros caminos legítimos de desarrollo personal y de servicio a la sociedad. Eso nadie lo discute. La cuestión es: si encontramos a algunas personas que quieren dedicar más horas que lo habitual al cuidado y educación de los hijos, ¿no deberíamos tratar de recompensarles ese esfuerzo de alguna manera?
Algunos piensan que no y estiman que la solución va por facilitar el trabajo remunerado de la mujer. Personalmente, considero que someter a las dueñas de casa al estatuto de vagancia y mirar su actividad como una lacra social que habría que exterminar es una postura errónea e injusta.
Reconozcamos que el hecho de que existan personas que trabajan la mayor parte del día como dueñas de casa hace que algunos niños —sus hijos— partan con ventaja en la vida. Algún igualitarista podría decir que eso es injusto. Reconozco que no soy objetivo, pues fui agraciado por ese privilegio y me ha permitido sacarle ventaja a gente mucho más inteligente y adinerada que yo. Es decir, estoy defendiendo intereses creados. La ventaja de mi postura, sin embargo, es que quiero hacerla extensiva a muchos otros chilenos, con el sólo requisito de que sea libremente elegida por sus madres.
Quizá las iniciativas a favor de las dueñas de casa que, en diversas oportunidades, han planteado parlamentarios del Gobierno y la Oposición no sean viables desde el punto de vista económico. Pero primero hay que estudiarlas. Si no se puede hacer algo por ellas, al menos tenemos que mostrarles nuestra gratitud.
Una forma de reconocer el valor de su trabajo consiste en tomar en cuenta su aporte para el Producto Nacional Bruto. En este momento, el trabajo de las dueñas de casa es como si no existiera para nuestra economía. Sin embargo, si dos vecinas se pusieran de acuerdo y cada una fuese a trabajar en forma remunerada a la casa de la otra, preocupándose de los hijos y de la administración doméstica, entonces sí sería contabilizado. Esto a pesar de que el trabajo en la casa de la vecina probablemente tendría menos beneficios sociales que el trabajo en la propia casa. No soy economista, pero me parece que ese ejemplo muestra el absurdo que significa hacer como si a la sociedad no le importara un trabajo que es muy relevante. Si alguien tiene alguna duda, pregúntele a los niños.

Por Joaquín García-Huidobro
Doctor en Filosofía
Universidad de los Andes

El otro fundamentalismo

Meryem ha llorado como nunca en sus 17 años. El Director de su liceo expulsó la semana pasada a dos amigas suyas por el delito de llevar un velo en la cabeza. Después, recorrió todos los cursos. Cuando llegó al suyo se lo veía francamente indignado. Dijo que no toleraría ninguna violación de la laicidad de la escuela. “El Estado francés está separado de la Iglesia y así seguirá por los siglos de los siglos”, dijo el Director con cara tan inexorable como la de Robespierre.
Con toda esta historia, Meryem está bastante desconcertada. Ella siempre había oído en su casa que la prohibición del velo era un ejemplo más de cómo los cristianos persiguen a los musulmanes. Pero hace unos días oyó que le habían impedido a un sacerdote católico ingresar a un recinto escolar por el solo hecho de andar vestido de clérigo. Como es buena alumna —la mejor del curso— no se quedó tranquila hasta que descubrió que a los musulmanes se les estaban aplicando normas cuyo origen es muy antiguo, que en su tiempo se dictaron contra los católicos. Eso se lo dijo Monsieur Petit, el profesor de Filosofía.
Ella no usa el “chador”, pero le gustaría mucho hacerlo, como su madre y sus valientes amigas. Le ha prometido a Alá que cuando sea secretaria nunca se lo va a sacar. El sueño de su vida es ser secretaria de una multinacional petrolera. Habla tres idiomas a la perfección y nadie escribe más rápido que ella en el computador. Cuando está sola en su casa se imagina hablando por teléfono con todo el mundo y traduciendo correspondencia en los más diversos idiomas.
A pesar de todo, Meryem piensa que todo esto no se habría iniciado si no fuera porque ellos son árabes y además son pobres, “maghrébin”. Hace unos días, Jacques fue a la Escuela con una polera de un grupo satánico de rock pesado. Nadie le dijo nada, a pesar de que era horrorosa. Además, la gente puede llevar todo tipo de peinados y sombreros. Lo único que les desagrada es que alguien se ponga un velo porque lo dice una religión.
Tampoco entiende la lógica de todo este asunto. Ella respeta el hecho de que el Estado francés no tenga una religión oficial. Sin embargo, el Estado tampoco ha declarado que una música o un deporte tienen carácter oficial. No sólo la religión, sino también la música, el arte, el deporte y la comida están separados del Estado. Y sin embargo nadie prohibe ir a la escuela con un distintivo deportivo, a pesar de que eso sí causa discordia, al menos en su curso, donde los hijos de españoles han peleado con violencia a propósito de un equipo que tiene mucha plata pero al que ahora parece que le va mal. Todo esto muestra que lo que en el fondo les molesta a las autoridades es que haya algo que aluda a Dios, por más que Francia sea incomprensible sin la religión, comenzando con Notre Dame, abarrotada de turistas.
Meryem no tiene pelos en la lengua, pero sabe muy bien hasta dónde se puede llegar en un país extranjero (que, dicho sea de paso, es el de su nacimiento). Hace dos semanas le dijo al profesor de Filosofía que en toda esta historia los más fundamentalistas son ellos (los laicistas). De inmediato se dio cuenta de que no podía volver a decirlo, ni siquiera a Monsieur Petit. Descubrió que si seguía por ese camino nunca llegaría a ser secretaria. Cuando uno es un Don Nadie es mejor quedarse callado. Para eso están las lágrimas. Ya le llegará el momento de hablar.

Joaquín García-Huidobro Correa
Universidad de los Andes