¿Por qué Antuco?
En el mundo de la gente importante la tragedia de Antuco plantea sólo temas importantes. Unos piden la cabeza de otros y los de más allá dicen que cuando ellos ocupen tal o cual cargo las cosas serán muy distintas. Bien, pero esas cosas tan “importantes” no arreglan lo fundamental: a la Matilde se le murió su hijo y ella es lo suficientemente noble e inteligente como para no quedar contenta con medidas, comisiones y declaraciones. La montaña le tiene guardado a su hijo y en el mejor de los casos se lo devolverá en el verano.
La Matilde se despierta, se duerme y se desvela con una pregunta en la cabeza. Come con ella y con ella va al trabajo. La sigue a todas partes y apenas puede mantener una conversación sin que su cabeza esté ocupada en una sola cosa: ¿por qué?
Esa pregunta no se responde diciendo, simplemente, que se equivocó fulanito o que la montaña es traicionera. Tampoco se arregla echándole la culpa al servicio militar o a la falta de recursos del Ejército. Matilde tiene la misma pregunta que tienen las viudas, los huérfanos y los heridos por tantas cosas como las que suceden a cada rato en todas partes.
¿Por qué nuestro mundo es así?, ¿por qué hay que sufrir?, ¿por qué se ve que sufren los que menos lo merecen? Esas parecen ser las únicas preguntas realmente fundamentales.
Pero Matilde tiene además otros dolores. Sucede que camina por la calle y ve a la gente. Andan como si en Antuco no hubiera pasado nada. Compran, venden, se aceleran y discuten como si lo fundamental fuera lo que están haciendo en ese momento. Como si no supieran que a la vuelta de la esquina los espera su propio Antuco.
Sus amigas le dicen que no se preocupe, que el tiempo todo lo cura y que ya encontrará resignación. Ella comprende que son bien intencionadas, pero esos consejos la hieren profundamente. No es que quiera pasar la vida en un mar de lágrimas, pero si resignación significa vivir como si no hubiera pasado nada, como si su hijo no hubiera muerto y sus otros hijos y ella misma no fueran candidatos seguros a sufrir idéntico destino, entonces esa resignación no le interesa.
En medio del sufrimiento más horrible, Matilde ha descubierto algunas cosas que antes sabía, pero como de lejos, como sabe los nombres de los ríos de Chile o esas capitales del mundo que nunca conocerá. Ahora no las sabe, las conoce. Ha descubierto que vivir como si uno no se fuera a morir es una terrible forma de vivir engañada. Probablemente lo suyo no sea terminar en la montaña, quizá sea una micro que no frenó a tiempo o un infarto, pero de aquí a un tiempo todos seremos candidatos a lo mismo. Y eso no hay que olvidarlo, no sería bueno.
También se da cuenta de que la respuesta a su pregunta no está en los libros, al menos no en los libros que la gente compra. Ni está en la televisión, que no suele hablar de estas cosas. Ella está buscando por otro lado, más allá de las cabezas ingeniosas de la gente importante. No es que le dé lo mismo lo que digan los sumarios y las comisiones, pero sabe que ellos no le devolverán a nadie. Si hay algún culpable, no le guarda rencor. Tampoco le es indiferente el momento en que la montaña quiera devolverle a su hijo, pero cuando lo tenga entre sus brazos su pregunta permanecerá intacta: ¿por qué?

