martes, mayo 31, 2005

¿Por qué Antuco?

Una tragedia en la Cordillera de los Andes ocasionó la muerte de varias decenas de jóvenes que estaban haciendo el Servicio Militar. Todo Chile discutió sobre las responsabilidades, el valor del Servicio Militar y muchas otras cosas. Cuando El Mercurio me pidió que escribiera algo, se me ocurrió esto. Se publicó el 29.5.05


En el mundo de la gente importante la tragedia de Antuco plantea sólo temas importantes. Unos piden la cabeza de otros y los de más allá dicen que cuando ellos ocupen tal o cual cargo las cosas serán muy distintas. Bien, pero esas cosas tan “importantes” no arreglan lo fundamental: a la Matilde se le murió su hijo y ella es lo suficientemente noble e inteligente como para no quedar contenta con medidas, comisiones y declaraciones. La montaña le tiene guardado a su hijo y en el mejor de los casos se lo devolverá en el verano.
La Matilde se despierta, se duerme y se desvela con una pregunta en la cabeza. Come con ella y con ella va al trabajo. La sigue a todas partes y apenas puede mantener una conversación sin que su cabeza esté ocupada en una sola cosa: ¿por qué?
Esa pregunta no se responde diciendo, simplemente, que se equivocó fulanito o que la montaña es traicionera. Tampoco se arregla echándole la culpa al servicio militar o a la falta de recursos del Ejército. Matilde tiene la misma pregunta que tienen las viudas, los huérfanos y los heridos por tantas cosas como las que suceden a cada rato en todas partes.
¿Por qué nuestro mundo es así?, ¿por qué hay que sufrir?, ¿por qué se ve que sufren los que menos lo merecen? Esas parecen ser las únicas preguntas realmente fundamentales.
Pero Matilde tiene además otros dolores. Sucede que camina por la calle y ve a la gente. Andan como si en Antuco no hubiera pasado nada. Compran, venden, se aceleran y discuten como si lo fundamental fuera lo que están haciendo en ese momento. Como si no supieran que a la vuelta de la esquina los espera su propio Antuco.
Sus amigas le dicen que no se preocupe, que el tiempo todo lo cura y que ya encontrará resignación. Ella comprende que son bien intencionadas, pero esos consejos la hieren profundamente. No es que quiera pasar la vida en un mar de lágrimas, pero si resignación significa vivir como si no hubiera pasado nada, como si su hijo no hubiera muerto y sus otros hijos y ella misma no fueran candidatos seguros a sufrir idéntico destino, entonces esa resignación no le interesa.
En medio del sufrimiento más horrible, Matilde ha descubierto algunas cosas que antes sabía, pero como de lejos, como sabe los nombres de los ríos de Chile o esas capitales del mundo que nunca conocerá. Ahora no las sabe, las conoce. Ha descubierto que vivir como si uno no se fuera a morir es una terrible forma de vivir engañada. Probablemente lo suyo no sea terminar en la montaña, quizá sea una micro que no frenó a tiempo o un infarto, pero de aquí a un tiempo todos seremos candidatos a lo mismo. Y eso no hay que olvidarlo, no sería bueno.
También se da cuenta de que la respuesta a su pregunta no está en los libros, al menos no en los libros que la gente compra. Ni está en la televisión, que no suele hablar de estas cosas. Ella está buscando por otro lado, más allá de las cabezas ingeniosas de la gente importante. No es que le dé lo mismo lo que digan los sumarios y las comisiones, pero sabe que ellos no le devolverán a nadie. Si hay algún culpable, no le guarda rencor. Tampoco le es indiferente el momento en que la montaña quiera devolverle a su hijo, pero cuando lo tenga entre sus brazos su pregunta permanecerá intacta: ¿por qué?

domingo, mayo 22, 2005

Don Preciso

Hoy se cumplen 2 años de la muerte de don Preciso y Jorge ha invitado a comer a su señora. No le ha dicho la razón, pero él sabe que es para celebrarlo.
La vida de don Preciso no fue larga: murió poco antes de cumplir los 33, cuando llevaba 4 años de matrimonio. En todo caso, dejó un recuerdo imborrable entre sus conocidos. Digo conocidos y no “amigos”, porque don Preciso tenía una cualidad capaz de espantar al más fiel de los amigos y poco faltó para que le espantara a la señora. Él amaba por sobre todas las cosas la exactitud. Cuando su señora, por ejemplo, empezaba a contar una anécdota muy divertida que había sucedido la tarde que llegaron a Ezeiza, en viaje de luna de miel, su marido interrumpía la narración, aclarando a los presentes que no era en la tarde, sino poco después del mediodía. Su señora quedaba confundida y obviamente la narración no le salía particularmente brillante.
No fuera uno a decir una cantidad, un número, una fecha o cualquier otra cosa, porque de inmediato don Preciso aclaraba que era un poco más o un poco menos, o que no había sido allí, sino unos metros más allá.
Pero la pasión de don Preciso por conseguir que todo fuera exacto iba mucho más allá. No había forma de conseguir que la comida tuviera la temperatura, la cantidad de sal o de aceite que fuese necesaria. Hubiese o no visitas, don Preciso mandaba a calentarla de nuevo, o a buscar no sé qué condimento que estaba en el rincón más apartado de la despensa. Mientras tanto, don Preciso pontificaba de lo divino y lo humano, haciendo ver lo torpes que eran los gobiernos, los obispos, los periodistas, los alcaldes y carabineros cuyos juicios y actuaciones no coincidían con su certero parecer.
Con la ropa era la misma historia. Para él nada estaba bien lavado o planchado. Y si por casualidad lo estaban, entonces aclaraba que no la habían puesto en el cajón adecuado, lo que obviamente implicaba perder un tiempo precioso en la búsqueda de lo que se necesitaba.
La cosa se complicaba al máximo cuando don Preciso y su sufriente señora iban de visita donde Regina, su cuñada, madre de 7 hijos que, para fortuna de ellos, no habían sido educados con los cánones de su riguroso cuñado. Entonces don Preciso hacía enderezar a sus sobrinos cada cuadro un poco torcido y plegar cada arruga de la alfombra. Por supuesto que a don Preciso no se le pasaba por la mente compensar su puntillosidad con unos chocolates. Habría sido un desperdicio, porque unos niños tan maleducados habrían terminado por manchar las paredes.
Por suerte, hace hoy dos años, don Preciso pudo ver a sus sobrinos jugar en el jardín. Cantaban la canción de Serrat: “Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca” y estaban disfrazados de él. Cualquier otro se habría enfurecido, pero él sintió un pinchazo en el alma. En un instante murió don Preciso y renació Jorge. Lleno de risa y de vergüenza se unió al juego de los niños.
Han pasado dos años de esa muerte y Jorge quiere celebrarlo. No hace falta que le diga a su señora el porqué. Ella lo adivina y está más contenta que nadie.



Joaquín García-Huidobro Correa

Celia

Le pusieron Celia. Era el nombre de una canción de moda en los años sesenta. Ahora trabaja de cajera en esas tiendas que venden muchas cosas a mucha gente durante toda la semana. En diciembre estaba agotada pero feliz: le habían asegurado que no iba a tener que trabajar el día 24. Los jefes reconocían que, además de los domingos, había estado en la caja casi todos los feriados del año. Entendían perfectamente que quisiera dedicar el 24 a sus dos hijos. Por tanto, no debía preocuparse: la empresa era una gran familia y tenía por política que sus empleados estuviesen contentos. Por eso, aunque trabajaban duro, les pagaba mejor que la competencia.
Hoy han pasado varios meses desde que le avisaron que las circunstancias habían cambiado. Una cajera acababa de renunciar y con esa cantidad de público las nueve restantes no daban abasto. Tenía que trabajar el 24 de diciembre. Todos saben que la política de la empresa es dar el mejor servicio al cliente.
De haberlo sabido habría protestado. Se habría declarado enferma aunque hubiese significado un reto fenomenal. Total, por 3.500 pesos podía conseguir un certificado médico y no podrían echarla, menos en esa época. Por último, habría sido preferible haber dado un portazo en la oficina del jefe, después de decirle que le dijera al jefe de su jefe que se fuera a la punta del cerro. Pero no lo hizo.
Pensó que para sus niños iba a ser sólo un día más de fiesta sin la mamá. Creyó que cuando llegara a la casa agotada, igual iba a tener fuerzas para preparar una comida rica y abrir el par de regalos que, con poca plata y menos tiempo, había alcanzado a comprar. No tenía cómo saber que justo ese día Jonathan iba a tener un accidente de los que sufren los niños cuando la mamá no está en la casa en uno de esos días importantes.
Ahora le restan dos consuelos. Es cierto que la cara le quedó bien desfigurada, pero un doctor dijo que a lo mejor con el tiempo se le arreglaba un poco. Además, por suerte le pasó al niño hombre y no a la Celia chica. Pero también es cierto que la niña anda con una cara de tristeza que no hay forma de quitársela. Y eso no es bueno. Mejor dicho, es injusto: las penas duraderas pertenecen a la cara de la gente grande. Una niñita triste da no sé qué.
Los profesores le preguntaron qué le pasaba. Aunque era obvia, costó harto sacarle la respuesta: no veía casi nunca a su mamá los domingos, y eso no le gustaba. A un señor que andaba por ahí se le ocurrió darle una explicación. Le demostró que era imprescindible que las tiendas trabajaran los domingos y festivos. Que si queríamos ser los tigres, pumas, o no sé qué otra fiera del Pacífico eso tenía su costo. En fin, que el mercado pedía que las tiendas trabajaran todo el tiempo.
La Celia abrió bien los ojos y le dijo que ella había pasado muchas veces frente al mercado y que los domingos estaba cerrado.
El señor la miró con cara indulgente, sonrió y le aclaró que lo que ella llamaba mercado era en realidad una feria. El mercado al que él se refería somos todos nosotros, el conjunto de todos los compradores.
-"Entonces, ¿por qué no van de compras otro día?"


Joaquín García-Huidobro Correa

¿Trutro o pechuga?

La tarea de los publicistas no es fácil. La mayoría de los mortales nos consideramos afortunados si logramos tener una o dos ideas geniales en el transcurso de la vida. La mayoría no hemos tenido ninguna y no tenemos ningún trauma por eso. En cambio, a ellos se les pide que tengan varias a la semana. Para colmo, deben diseñar las campañas publicitarias del verano a fin de año, cuando todo el mundo está agotado y el que encarga la campaña quiere revertir con ella todas las frustraciones de los últimos meses, en que las ventas no coinciden con lo que espera el jefe del jefe. Y todo es para ayer.
¿Qué hace un ser humano cuando tiene que dar a luz un aviso entre muchos otros, con poco tiempo y sin haber tenido el refresco mental que suponen las vacaciones? Lo más fácil es ponerle traseros y pechugas al aviso, todo con bastante silicona. Hasta hay bancos de imágenes donde se los encuentra, previo pago de una módica suma. Todo muy parecido a esos mapas en donde aparecen las presas de las vacas en los supermercados.
Es significativo que en algunos avisos publicitarios ni siquiera salga la cara de la modelo. No importa quien sea, sólo valen sus trutros y pechugas. Naturalmente ninguna de las grandes modelos aceptaría algo semejante, pero la gente tiene que comer y no todas están en condiciones de elegir mucho.
La pregunta que surge es: ¿será esta una buena publicidad? Si uno observa los spots que llegan a Cannes verá que casi ninguno recurre a esos medios. Hay allí un despliegue de ingenio que lleva al espectador a admirar el quehacer publicitario… y a comprar el producto. La otra publicidad, en cambio, impacta pero no me parece que sea muy eficaz para vender, ya que lo menos que se recuerda en esos casos es el producto.
Pero eso no es todo, porque la publicidad de trutros y pechugas tiene otros costos, como periódicamente algunas feministas se encargan de recordarnos. La imagen de la mujer que se transmite en los medios influye en la forma en que ella es vista y tratada. Aquí se cumple aquello de “siembra vientos y cosecha tempestades”. Detrás de los maltratos, acosos, abusos y violaciones hay, entre otras cosas, una mirada distorsionada de la realidad. Esta mirada enfermiza se forma (o deforma) con muchos ingredientes. Uno de ellos lo aporta la publicidad.
Algunos pretenden resolver el problema sometiendo a los varones al mismo trato y se reemplazan las presas femeninas por las masculinas. Pero, aparte de que ese reemplazo sea numéricamente poco relevante, es una pésima solución. La igualdad debe ser para enaltecer, no para rebajar.
¿Estamos en presencia de malas personas? ¿Hay una conspiración de empresarios, gerentes de marketing y publicistas para cosificar a la mujer? Afortunadamente no es así. Simplemente es el peso de la inercia y la falta de ideas. La gente tiene mucho que hacer y no se da el tiempo para preocuparse de todo. Esto nos pasa también a usted y a mí, que muchas veces nos hemos molestado por un aviso y probablemente nunca hemos animado a la empresa a publicitarse de otra manera. A lo más hemos reaccionando no comprando ese producto, pero eso ¿quién llega a saberlo?
Quizá este grato descanso de febrero nos permita recuperar energías para preocuparnos de que la publicidad tenga más neuronas y menos silicona.

Joaquín García-Huidobro Correa

sábado, mayo 21, 2005

¿Podrán jubilar las dueñas de casa?

En la discusión acerca de si las dueñas de casa deben recibir una jubilación hay una actitud que sería bueno evitar: la de quienes rehúyen el debate señalando que se debe sólo a propósitos electorales de quienes los proponen. Yo, al menos, carezco de un medidor de intenciones. Y si lo tuviera, tampoco me parece que el propósito de ganar votos sea un motivo suficiente para descartar una iniciativa. La política será más sana si nos acostumbramos a juzgar argumentos y no intenciones.
El tema no es sencillo, y es campo fértil en prejuicios. Para facilitar las cosas, voy a exponer claramente cuáles son mis prejuicios al respecto: pienso que, si me ha ido bastante bien en la vida, es gracias a que tuve cerca una madre que eligió el difícil camino de quedarse trabajando en su casa para enseñarme a hablar, leer, jugar, hablar en público, respetar a la gente y otra serie de cosas muy importantes, como aprender cuentos y poesías.
Al prejuicio señalado debo agregar otro: si en vez de hacerles la vida tan difícil a las dueñas de casa les facilitamos un poco las cosas tendremos niveles mucho menores de delincuencia juvenil, soledad, fracaso escolar, etc.
Naturalmente, no todas las personas pueden darse el lujo de trabajar como dueñas de casa. O no todas quieren hacerlo en régimen de jornada completa. Hay muchos otros caminos legítimos de desarrollo personal y de servicio a la sociedad. Eso nadie lo discute. La cuestión es: si encontramos a algunas personas que quieren dedicar más horas que lo habitual al cuidado y educación de los hijos, ¿no deberíamos tratar de recompensarles ese esfuerzo de alguna manera?
Algunos piensan que no y estiman que la solución va por facilitar el trabajo remunerado de la mujer. Personalmente, considero que someter a las dueñas de casa al estatuto de vagancia y mirar su actividad como una lacra social que habría que exterminar es una postura errónea e injusta.
Reconozcamos que el hecho de que existan personas que trabajan la mayor parte del día como dueñas de casa hace que algunos niños —sus hijos— partan con ventaja en la vida. Algún igualitarista podría decir que eso es injusto. Reconozco que no soy objetivo, pues fui agraciado por ese privilegio y me ha permitido sacarle ventaja a gente mucho más inteligente y adinerada que yo. Es decir, estoy defendiendo intereses creados. La ventaja de mi postura, sin embargo, es que quiero hacerla extensiva a muchos otros chilenos, con el sólo requisito de que sea libremente elegida por sus madres.
Quizá las iniciativas a favor de las dueñas de casa que, en diversas oportunidades, han planteado parlamentarios del Gobierno y la Oposición no sean viables desde el punto de vista económico. Pero primero hay que estudiarlas. Si no se puede hacer algo por ellas, al menos tenemos que mostrarles nuestra gratitud.
Una forma de reconocer el valor de su trabajo consiste en tomar en cuenta su aporte para el Producto Nacional Bruto. En este momento, el trabajo de las dueñas de casa es como si no existiera para nuestra economía. Sin embargo, si dos vecinas se pusieran de acuerdo y cada una fuese a trabajar en forma remunerada a la casa de la otra, preocupándose de los hijos y de la administración doméstica, entonces sí sería contabilizado. Esto a pesar de que el trabajo en la casa de la vecina probablemente tendría menos beneficios sociales que el trabajo en la propia casa. No soy economista, pero me parece que ese ejemplo muestra el absurdo que significa hacer como si a la sociedad no le importara un trabajo que es muy relevante. Si alguien tiene alguna duda, pregúntele a los niños.

Por Joaquín García-Huidobro

Una silla, por favor

Los flamencos son aves muy particulares: rosadas, esbeltas y capaces de permanecer muchas horas de pie horas sin inmutarse. Nosotros, los hombres, por lo general no somos rosados, tampoco esbeltos, y en caso alguno somos capaces de estarnos días enteros de pie, salvo algún que otro fakir. Pronto nos empieza a doler la espalda y se agarrotan los músculos de las piernas. Lo nuestro es la caminata o la quietud de una silla.
Como no somos flamencos, hace casi 100 años se dictó en nuestro país la “ley de la silla”. Como su nombre lo sugiere, exigía que en los establecimientos comerciales hubiese sillas para que cada empleado pudiera sentarse en los momentos en que no estuviera atendiendo al público.
Hasta aquí la ley, pero ¿qué nos dice la realidad? Tiempo atrás fui a comprar una camisa. Mientras me atendían, mi espalda me recordó que no era un flamenco y busqué un asiento reparador. No había una silla, salvo para la cajera. Miré a los dependientes y vi que ninguno tenía cara de flamenco. Les pregunté por qué no había dónde sentarse y trataron de cambiar de tema. Después de un par de empeños pude saber que simplemente no las había. Cuando, después de varias horas de pie, alguno quería sentarse tenía que ir a los probadores, siempre que no lo descubrieran en esa actitud delictual.
El dolor de espaldas despertó mi conciencia social. Pedí el libro de reclamos, le dejé una respetuosa nota al gerente y me retiré con la espalda adolorida. Pasaron unas semanas y volví al mismo lugar, seguro de que mis amables palabras habían dado de lleno en el corazón del jefe. Al parecer o no sabía leer o no tenía corazón. Comencé entonces a fijarme en otras tiendas y vi con sorpresa que la ley de la silla sólo existía en los libros de Historia.
Pregunté si la habían derogado: me dijeron que no, que incluso había sido perfeccionada. Miré entonces el precio de las sillas. Reconozco que las hay muy caras, pero afortunadamente no sólo se venden en Sotheby’s. Con 4 ó 5 mil pesos se encuentran algunas bastante decentes. Es decir, con una sola camisa podría mejorar la situación de un local pequeño.
¿Por qué, si las sillas son baratas, no las ponen? Los estudiosos han desarrollado diversas teorías. La primera sostiene que se busca ayudar a la raza humana en su evolución: en este momento necesitamos las sillas, pero es probable que, de mantenerse esta práctica por 300 años más, los hombres adquiramos las destrezas de los flamencos y ya no necesitemos de esas ayudas. Otra teoría afirma que, como los universitarios acostumbran hoy a sentarse en el suelo, los gerentes (que cada vez son más jóvenes) consideran que la silla es un instrumento pasado de moda. Una tercera teoría dice que no hay sillas simplemente porque los empleados no las piden: tienen miedo a aparecer más preocupados del descanso que del trabajo. Por último, una cuarta teoría señala que simplemente los gerentes no han pensado en el tema.
Después de sesudas cavilaciones, y salvo que los lectores encuentren una explicación más acertada, he decidido adscribirme a la cuarta teoría y pensar que los administradores de esas tiendas no han reparado en los efectos que se originan cuando uno está muchas horas de pie. O sea que cuando lean estas líneas o reciban los reclamos de los clientes, harán esa modesta inversión. A menos que decidan reemplazar sus empleados por flamencos, lo que daría un toque exótico a nuestra jungla comercial.

Joaquín García-Huidobro (publicado en El Mercurio, 27.3.05, A2)

domingo, mayo 08, 2005

Esas otras madres

Esas otras madres


Para Carla los días de la madre no son sencillos. Va con su marido a visitar a su propia madre, le lleva un buen regalo y la trata con más cariño, si cabe. Pero a ella nadie le hace ningún regalo ni va a verla. No es ingratitud, simplemente no pudieron tener hijos. Es el día más difícil del año.
Al principio fue muy complicado. Pensaron en la adopción, pero vieron que no era para ellos, por razones que no hay por qué explicar y que nada tienen que ver con el egoísmo: cada uno tiene que descubrir su propio camino. Las recetas generales no son buenas, particularmente en el caso de los matrimonio sin hijos.
El dolor, que crecía con los años, la llevó sin embargo a descubrir algunas cosas importantes. Se dio cuenta, por ejemplo, que había algunos campos donde nuestro país necesitaba imperiosamente una dosis de humanidad, entre ellos la política y la economía. Se preparó para hacerlo bien. Hoy Carla trabaja duro, con más intensidad que cualquiera, pero lo hace de un modo distinto. Donde está ella, las cosas son diferentes. Un día la señora que hace el aseo le dijo que desde que ella estaba allí el lugar de trabajo había adquirido un aire familiar. Ese elogio le importó mucho más que los que ha recibido en la prensa muchas veces.
No siente envidia por las otras mujeres. Las ve rodeadas de sus hijos y se alegra. Sólo hay una cosa que le resulta incomprensible: el caso de aquellos matrimonios que pudiendo tener hijos se niegan. Su marido también ha entendido todas esas cosas. Su casa es acogedora, amable. Cuando alguien tiene una pena o una alegría sabe que puede contar con ellos.
El caso de Carla no es único. También para Mónica este día tiene un sabor agridulce. Ella no se casó nunca. ¿Es que no pudo? Sí, pero no estaba dispuesta a casarse con cualquiera con tal de poder celebrar el día de la madre. Su decisión fue dolorosa, pero está segura de que hizo bien. Trabaja como enfermera y su especialidad es la geriatría. Tiene una paciencia enorme y sabe darse el tiempo para oír a los ancianos incluso cuando no tiene tiempo. Sin que nadie se dé cuenta se las arregla para estar de turno en Navidades y Año Nuevo, precisamente cuando los enfermos se sienten más desamparados. También hay algo que ella no entiende: el caso de los hijos que no van a ver a sus padres ancianos.
A Mónica le pasa algo curioso: tiene tanto que hacer que no le queda tiempo para pensar en sí misma. Eso significa que no tiene problemas, al menos no problemas propios.
Su trabajo le permite estar en contacto cercano con la muerte. Su método es distinto del resto. Ella no les oculta la verdad. Habla con los enfermos claramente de la muerte y les explica que nada hay tan importante en la vida como prepararse a morir bien. Los enfermos no se asustan, le dan las gracias.
Carla y Mónica tienen muchas más cosas en común de las que he comentado. Sin embargo, hay una que es muy particular: ambas ignoran que este día también les pertenece.

Joaquín García-Huidobro