Siete enfermedades habituales entre los católicos chilenos (y su cura chestertoniana)
La discusión en torno al divorcio tuvo en Chile una notable fuerza simbólica y el hecho de que, por los próximos años, parezca terminada tiene un peso muy significativo, más allá de los aspectos legales involucrados en la cuestión. Así lo sabía la llamada ala progresista del Gobierno y por eso se había propuesto la dictación de esta ley como uno de los objetivos que de todas formas debía conseguir. En este sentido fue una victoria muy importante. También lo fue porque para lograr este objetivo obtuvieron el apoyo de otros sectores del conglomerado gobernante, es decir, de aquellos que no comparten la cosmovisión laicista sino que hunden sus raíces en el humanismo cristiano. Al actuar así se apartaron muy radicalmente de las enseñanzas de su inspirador, el ex Presidente Eduardo Frei Montalva, que no sólo consideró siempre que el divorcio era inconveniente para Chile, sino que estimó que la defensa de la indisolubilidad matrimonial debía ser una característica irrenunciable de quienes en Chile pretendieran difundir esos ideales. Por eso, la victoria del polo progresista de la Concertación es doble, ya que no sólo consiguió su objetivo, sino que al mismo tiempo logró que sus socios dieran un paso importante en la adaptación de sus principios a los del viejo ideario laicista que en otros tiempos combatieron de manera particularmente decidida y eficaz. Estos cambios no se vieron sólo en los sectores de Gobierno, sino también en los partidos opositores fueron votos de católicos los que permitieron aprobar una ley de divorcio particularmente extrema.
Las derrotas, con todo, pueden constituirse en un momento privilegiado para reflexionar y ver qué debilidades cabe apreciar hoy entre los católicos y qué remedios podrían ponerse. Con esto no pretendo decir que la defensa de la indisolubilidad matrimonial haya sido patrimonio exclusivo de los católicos, pues hubo evangélicos, judíos y no creyentes que también argumentaron a favor de la misma, sino sólo atender a algunas dificultades que cabe apreciar en los fieles de la que, pese a todo, sigue siendo la religión mayoritaria del país. Al hacerlo no sólo me referiré a la cuestión del divorcio, que es sólo un síntoma de una serie de problemas más profundos.
I. Enfermedades
¿Cuáles son las “enfermedades” más graves que hoy podemos encontrar entre los católicos chilenos? Pienso que son varias y que conviene describirlas brevemente.
Melancolía: La primera de todas es una especie de tristeza que se advierte en algunas personas, que ven que poco a poco el Chile de sus padres ha ido cambiando y, en muchos aspectos, no precisamente para bien. Con todo, es una tristeza mala, que los lleva a desesperar de la posibilidad de dar un sello cristiano a los tiempos que vienen. Piensan que, a lo más, los católicos están destinados a constituir una selecta minoría que observa con pena cómo el país camina en una dirección muy diferente que la que ellos querrían. Esta melancolía lleva a la gente que la padece a olvidar la enorme fuerza persuasiva que tiene un cristianismo vivido en serio. Quizá esconde un complejo de superioridad inconfesado, que lleva a pensar que el resto de los mortales son personas tan depravadas que jamás entenderán el mensaje del Evangelio (cosa curiosa, porque el Evangelio muestra una especial predilección de Jesucristo por la gente mala y poco religiosa).
Anemia: en otras personas se observa una falta de energías y de argumentos racionales. Su máxima defensa consiste en decir que no hacen determinadas cosas “porque son católicos”, pero son incapaces de mostrar las razones que están detrás de las propuestas de la Iglesia. Un catolicismo así resulta muy poco atractivo. Cuando no hay formación, su código de conducta se reduce muchas veces a decir “mi religión me lo prohíbe”. Estas personas no saben que existen Padres de la Iglesia, un Magisterio, grandes literatos, filósofos y ensayistas que han mostrado la grandeza incomparable del mensaje cristiano. El suyo es un cristianismo que no se alimenta de la Biblia y que ve en los sacramentos unas cargas que de vez en cuando hay que soportar. Son anémicos. Esta enfermedad se ve agravada por la difusión en los medios católicos de una pedagogía religiosa sentimental, en donde no se transmiten contenidos y la fe es reducida al sentimiento. Como la mayoría de los mortales solemos sentir un tedio bastante respetable a la hora de hacer lo que debemos, el “yo no lo siento” se transforma en una magnífica excusa para no hacer lo que se debe.
Esquizofrenia: es quizá la enfermedad más grave y habitual en ciertos sectores de creyentes. En una parte del cerebro son católicos, incluso muy devotos. Hablan de religión con frecuencia y suelen estar vinculados a estructuras clericales. Sin embargo, en sus vidas aplican eso de que “los negocios son los negocios”, magnífico descubrimiento que les permite negar con la vida lo que profesan los labios. Esta esquizofrenia es especialmente corriente en el campo político, donde el argumento más recurrido es “yo, como católico, no haría esto pero no puedo imponer a nadie mis convicciones”. Lo curioso es que dicho argumento se aplica de manera muy selectiva, ya que vale para el divorcio, el matrimonio homosexual o el aborto, pero no vale cuando se trata de la tortura o de la estafa. Es interesante notar que tanto la introducción del divorcio como la defensa de la píldora del día después y el cambio de sensibilidad en torno a la calificación moral de los comportamientos homosexuales se ha llevado a cabo —en el congreso, los laboratorios, los tribunales o la TV— con la directa colaboración de católicos practicantes, afectados por este mal. Naturalmente la esquizofrenia admite también una variante conservadora, que produce católicos que veneran la Humane Vitae y abominan, o al menos ignoran, la Rerum Novarum y todo el Magisterio social.
Miopía: no faltan, por otra parte, los católicos tan interesados en mostrar el radical optimismo cristiano (cosa verdadera) que son incapaces de ver las señales de deterioro y vulgaridad que tienen frente a sus narices. Olvidan que la parábola del trigo y la cizaña enseña que sólo al final de los tiempos podrá haber una separación definitiva y que mientras estamos en la tierra no todo lo humano es precisamente bueno, por más que vaya acompañado de las más nobles intenciones. Para ellos el cristianismo es filantropía, no creen en el pecado original ni son muy conscientes de que el hombre esté necesitado de redención. En una de sus vertientes, esta enfermedad se acompaña de una irresistible tendencia a criticar a las personas e instituciones que se empeñan por hacer eco del Magisterio de la Iglesia y ajustar la propia conducta a sus enseñanzas, actitud que es calificada de exagerada, retrógrada o fanática sin necesidad de mayores argumentos.
Paranoia: en cierto sentido es el mal contrario al anterior. Que haya signos de decadencia no significa que todo esté perdido. Por otra parte, tampoco resulta razonable interpretar todo lo que ocurre en la sociedad como parte de una siniestra conspiración para acabar con las raíces cristianas de Occidente. Es cierto que, para la identidad cristiana de Chile, un gobierno socialista liberal no es el mejor de los abonos. El ex Presidente Allende anunciaba que “mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”. La realidad ha sido mucho más prosaica: el socialismo ha preferido los malls a las alamedas. Ha descubierto que Marx tenía razón, pues la infraestructura de la sociedad es económica, sólo que se había equivocado en la receta, y ha preferido buscar la liberación no por la abolición de la propiedad sino mediante el destape a la española. Sin embargo, la debilidad humana, la improvisación, la tontera, la flojera y nuestra propia inacción explican muchas más cosas que varias conspiraciones juntas.
Parálisis: debo confesar que me sorprende la cantidad de veces en que conocidos míos me dicen: “tú que puedes hablar de lo que quieras, ¿por qué no escribes sobre tal tema?”. En ocasiones se trata de personas que trabajan en una Universidad católica y que piensan que eso les impone una serie de impedimentos y compromisos políticos de los que estamos libres el resto de los mortales. No deja de ser paradójico el hecho de que instituciones que se crearon precisamente para difundir la imagen cristiana del hombre y dar a conocer las excelentes razones que existen en su favor, terminen paralizando las mejores energías y el ímpetu de los comienzos. Es el viejo caso en que la institución mata a la función.
Afonía: esta es una enfermedad que tiene ciertos síntomas semejantes a la anterior y que ya fue descrita muchas veces en la Biblia y tratada por los Padres de la Iglesia. A veces, erróneamente, se piensa que sólo los miembros de la Jerarquía pueden caer en ella. La verdad es que cualquier católico que, por ahorrarse un mal rato con sus hijos, alumnos o conocidos, no habla cuando tiene que hablar, puede decirse que sufre de una lamentable afonía. Naturalmente el caso de los pastores tiene una particular importancia, pero no sería razonable pensar que no nos afecta a cada uno de nosotros.
Todas estas enfermedades sueles ser acompañadas por algunos síntomas de relativismo, un malestar que afecta el oído medio y dificulta mucho la tarea de mantenerse de pie y distinguir lo bueno de lo malo.
II. De los remedios (y en particular de la cura chestertoniana)
Afortunadamente todas estas enfermedades que nos aquejan —y muchas otras que mi ignorancia de la medicina me impide detectar— tienen remedio, aunque en ocasiones sea doloroso. Coherencia, audacia, ética empresarial, formación doctrinal y sacramentos son algunos de ellos, cuya eficacia está más que comprobada. Una vida de oración y el recurso a antiguas recetas de la medicina popular también son recomendables. Entre ellas está la práctica de la dirección espiritual, que algunos consideran una grave humillación para el hombre actual y una merma de su libertad. Es curioso, porque esas personas hasta para aprender tenis o bajar unos kilos recurren a un personal trainer y sin embargo cuando se trata de ejercitarse en la difícil tarea de adquirir la virtud y adentrarse por caminos de oración piensan que no necesitan de ayuda alguna. Puede significar que no la requieran no por pensar que pueden valerse por sí mismos en tareas tan delicadas, sino porque, en el fondo, simplemente no desean llegar a esas metas.
Una terapia de comprobada eficacia es la cura chestertoniana. Tiene el mérito de deleitar al paciente, cosa poco común en la Medicina y hacerlo completamente inmune a muchas de estas enfermedades. Entre sus propiedades conocidas está el proveer a quien la toma de un poderoso sentido de la realidad y al mismo tiempo a darse cuenta de que esa realidad, aunque esté al alcance de la mano, es capaz de sorprendernos continuamente. Su sentido del humor es la consecuencia necesaria de esta disposición a ver el mundo con cara de sorpresa. Al mismo tiempo, quien tome una cura chestertoniana será capaz de enzarzarse en toda suerte de polémicas sin perder sus amistades, o más bien adquiriendo amigos variopintos. En suma, siguiendo el sabio consejo de Menphis la Blusera, será capaz de poner humor a la verdad, requisito imprescindible en toda buena política de salud y cuya omisión explica muchos fracasos en la defensa de la ortodoxia. Hay que advertir, con todo, que no todo el mundo es capaz de tomar esta medicina tan completa. Una tarea importante consiste, en ayudar al mayor número posible a ponerse en condiciones de ingerirla. Una ayuda útil es el buen vino que crece en el Valle Central chileno, en Mendoza y en otros lugares privilegiados. Este don divino, tan apreciado por Chesterton, es el inicio del buen filosofar.
Naturalmente esta no es la única medicina aplicable. Hay otras que la complementan a la maravilla, como las curas lewisianas, las tolkinianas y las cervantinas. Recientemente se ha descubierto un agente activo, de nombre Benedicto, que tomado en dosis de 16 mg. da muy buenos resultados. Hay también hierbas medicinales al alcance de la mano en lugares como Ávila, Cracovia, Barbastro o Liseaux, que aguzan la vista y mejoran el corazón.
Lo importante, sin embargo, es la disposición del paciente a tomarlos. Hay una manera infalible para saber cómo andan esas disposiciones. Basta con preguntarle al cristiano: “¿Cuánto tiempo y dinero está dispuesto usted a invertir en la apasionante tarea de la segunda evangelización de nuestro continente americano, a la que tantas veces nos ha llamado el Papa en estos años?”. Este es un método que puede parecer terriblemente materialista pero que nos permite saber sin temor a equivocarnos dónde se halla realmente nuestro corazón.
Joaquín García-Huidobro Correa


9 Comments:
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Estimadísimo: me encantó el artículo, y, con tu permiso, pienso citarlo en mi blog.
Al parecer las enfermedades espirituales de que adolescen los chilenos se han pasado de este lado de la cordillera, o es muy posible que sean en´demicas de nuestro continente.
Sería interesante investigar el tema.
Saludos y una oración.
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