Antigüedad romana
Este nuevo libro del profesor Vidal es una obra provocativa, por diversas razones. En primer lugar, porque estamos en una época de pensamiento débil, cansado, que por definición es contraria a las grandes visiones generales. Y el autor pretende nada menos que dar una visión del mundo romano, desde los inicios hasta Constantino. Lo hace de un modo muy peculiar, a saber, mostrando los caracteres más significativos. En cierta medida, su empeño recuerda obras como la Psicología de los pueblos de Juan Roger, escrita hace más de 40 años, con una importante diferencia: lo que el autor francés, pretendía realizar haciendo abstracción de las personas y fijándose sólo en las grandes tendencias históricas y sociales, Gerardo Vidal lo lleva a cabo por un procedimiento exactamente inverso, a saber, sumergiéndose en individuos muy concretos, en sus vidas, pasiones y caracteres. En este sentido, esta obra también es hija de nuestro tiempo, que desconfía de grandes relatos y teorías abstractas. La diferencia es que la desconfianza de Vidal no es una desconfianza escéptica, sino que apunta a la posibilidad de alcanzar una verdad en la misma medida en que descubre en los casos particulares ciertas constantes que tienen un carácter universal. Así como en el Aleph de Borges hay un punto en el que se halla concentrado el universo entero, en cada retrato que hace el autor podemos reconocer no sólo un pedazo de la historia de Roma sino también de toda historia posible.
El segundo punto en que esta obra se aparta de lo habitual es evidente: el autor es un enamorado de los clásicos, en una época en que algunos parecen empeñados en olvidar que somos hijos de una historia. Si en siglos pasados el solo hecho de que una enseñanza o doctrina fuese antigua parecía constituir una presunción de su verdad, hoy parece caerse con demasiada frecuencia en la exaltación de lo nuevo por lo nuevo, lo que no parece muy razonable.
El tercer punto que conviene destacar es la ambigüedad de los caracteres que aquí se presentan. Si hubiera que señalar el núcleo conductor del libro, al menos en lo que a Roma se refiere, me parece que está dado por el contraste entre sencillez y complejidad. Roma nace en un mundo agrario y particular, en donde se aprecia el trabajo, se venera a dioses y antepasados, y se valora el desprendimiento de los afanes individuales para servir al bien común. Es el mundo de Cincinato, que deja su arado para poner orden en la ciudad y una vez que lo consigue vuelve a sus labores diarias, como un hombre impermeable a las seducciones de la gloria y el poder. Es el momento de la sencillez. Pero Roma, que nace rural, se torna urbana. Lo particular de una ciudad se transforma en la universalidad del imperio. El servicio temporal y desinteresado a la cosa pública es reemplazado por grandes burocracias y por las intrigas del poder. El valor y sobriedad de sus soldados la hacen grande, pero esa grandeza trae consigo oro y esclavos, codicia y molicie, diversiones y vanidad. La historia de Roma no es otra cosa que el drama de un pueblo que se hace grande gracias al espíritu de sus orígenes, pero que en ese crecimiento ya no puede mantener la sencillez del principio, se hace cada vez más complejo y termina por traicionar aquello que lo engrandeció. De ahí los diversos empeños por restaurar las costumbres de los antiguos y los ideales de los comienzos. Estos empeños revisten formas muy diversas, desde Catón hasta Augusto, pero tienen en común estar destinados al fracaso. Frente a los empeños restauradores, se alzan otras tendencias que apuestan al progreso, al refinamiento, al poder de los sistemas de organización por sobre las virtudes de las personas; que dejan un espacio grande a la frivolidad, la diversión e incluso a los vicios, pero que en esa misma dispersión son incapaces de consolidar lo ganado y terminan también en el fracaso. Si hubiera que poner un ejemplo tomado del mundo de las letras, habría que citar el contraste que se da entre Virgilio y Ovidio; si vamos a la política, el contrapunto se da entre Catón y Escipión, o entre Trajano y Adriano.
Esta tensión entre lo simple y lo complejo se traslada también al cristianismo. Como muestra el autor, el mundo de Tertuliano, por ejemplo, es simple: él ha recibido la fe y con eso le basta. La filosofía y la ciencia son superfluas para quien ha adquirido una sabiduría superior, para quien ha descubierto la locura de la cruz. Muy distinto es el caso de san Justino, que se toma en serio el consejo de san Pedro y procura dar razón de su esperanza. Así, mientras Tertuliano desprecia a Platón y los estoicos, Justino los muestra como precursores de la fe y toma sus herramientas filosóficas para penetrar y exponer el dato revelado.
¿En qué reside la ambigüedad del autor? En que uno esperaría una toma de posición, en donde se dijera, por ejemplo, que la razón estaba del lado de los restauradores, que lo que se debía haber hecho era volver a la austera vida de los orígenes. O al revés, que resulta absurdo negarse a lo que hoy llamaríamos “las exigencias inmanentes de todo proceso de modernización”; que es necesario reemplazar las características de los líderes por procesos predeterminados que permitan tomar decisiones racionales disminuyendo los riesgos de error. Pero no hay tal. El autor se limita a describir, a contar historias, a mostrar contrastes y contradicciones que parecen inevitables para la naturaleza de los hombres. ¿Significa esto que en esta obra está ausente toda intención pedagógica? Me parece que esa conclusión no sería acertada. Se trata de un libro que sólo puede escribir un profesor que ha dedicado un buen número de años a la enseñanza. Por otra parte, quien lo lea podrá conocer una serie de “experiencias concentradas”, para emplear la expresión de Spaemann. Esta es una obra que nos ayuda a conocer mejor lo que es el hombre, y en ese sentido es máximamente pedagógica. Pero no lo es si alguien busca en ella un criterio nítido de distinción entre buenos y malos, o pretende obtener un cúmulo de moralejas o recetas prefabricadas para la vida. Como bien ha dicho Orellana Benado, la distinción entre el bien y el mal no coincide con la distinción entre los buenos y los malos. En la realidad las cosas están mezcladas, muy mezcladas. Baste como ejemplo el caso de Séneca, autor de maravillosas reflexiones sobre la sobriedad, el desprecio de la vida cortesana o el desinterés por la política, y cuya vida en buena medida refleja lo contrario.
El autor ha realizado una cuidadosa selección de los personajes. Sin embargo, toda selección tiene la dificultad de dejar afuera figuras importantes. Me permito echar en falta una de ellas: Flavio Josefo, el militar ingenioso y valiente que debió dirigir la defensa en Galilea contra Vespasiano y Tito, que venían a sofocar la rebelión de los judíos. Derrotado, profetizó a Vespasiano y su hijo que llegarían a ser emperadores. Éstos le respetaron la vida y lo llevaron consigo en el resto de su campaña. Una vez en el trono imperial, le otorgaron una pensión que le permitió dedicarse a escribir el relato de una de las mayores tragedias de la antigüedad: la destrucción de Jerusalén. La figura de Josefo tiene un enorme interés no sólo para judíos y cristianos. También constituye un observador privilegiado de la grandeza de Roma, de sus costumbres militares y su sentido de la justicia.
Se trata, en suma, de un libro bien escrito, capaz de instruir y entretener, de contar a la vez varias historias sin que el resultado sea un desorden. Se viene a sumar a sus Retratos de la Antigüedad Griega (Universitaria, Santiago, 2002) y constituye un paso muy auspicioso en la difícil, y hasta ahora magníficamente bien lograda, tarea de dar a conocer la historia de Occidente a través de sus personajes más relevantes.
Joaquín García-Huidobro


3 Comments:
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