lunes, noviembre 01, 2004

Halloween & Jálogüin

Hoy en la noche habrá gente furiosa por lo que llamarán travesuras delictivas de unos niños matones vestidos de brujos y brujas. Otros estarán felices por la posibilidad de cumplir una costumbre nórdica y hacerla nuestra. No faltarán niños que, respondiendo a un llamado de un grupo de papás, sólo visitarán las casas que expresamente han señalado su deseo de ser visitadas. Irán vestidos de ángeles, y cantarán o harán cosas simpáticas para los que les regalen algo. En fin, habrá de todo. Mientras tanto, los grandes verán en televisión cómo los distintos partidos explican que la elección les ha significado un excelente resultado, especialmente si se lo compara con no sé qué tendencia expresada en no sé qué cómputo de hace no sé cuánto tiempo.
Al caer la tarde, sin embargo, no sólo será la hora de Halloween. De las riberas del Mapocho empezarán a subir los niños de las poblaciones. Ellos no irán con traje de bruja, de calabaza o de angelito. Irán vestidos de lo que puedan. Con caras expectantes se acercarán a las casas del barrio alto, con la esperanza de que ese día puedan echarle al estómago cosas muy distintas de las sopas y manzanas habituales. Son los niños de Jálogüin.
Ellos no hacen nada cuando les niegan un regalo. A diferencia de los Halloweens, ellos están acostumbrados a que les digan que no. Tampoco tienen tiempo para manchar unas paredes o romper el timbre: hay centenares de casas esperándolos y cada una es una esperanza. Además, no es bueno tener problemas con los ricos. Ya los tendrán de todas maneras dentro de algunos años, cuando alguno de ellos opte por trabajar al margen de la ley.
Tocan el timbre con cierta timidez. No se atreven a decir “golosinas o travesuras”. Dicen simplemente “Jálogüin”. También repiten algo que le oyeron decir a unos niñitos de Halloween: “¡ticortrid!”. Aunque no saben qué significa, les trae buena suerte.
La Jessica, el Johnatan y la Jennifer no van solos. Los acompañan sus mamás, a prudente distancia. Bien provistas de bolsas, se encargan de meter en ella lo que vaya llegando. No sea que alguien piense que los niños ya tienen bastante y deje de darles.
No es difícil distinguirlos a estos visitantes de los niños de Halloween. Su aspecto, más que dar susto, es divertido: una capa de Batman, unos cuernos de vikingo y unas alas de ángel que ocuparon una vez en la Escuela, en una representación. Reciben los regalos en blancas bolsas de supermercado.
Cuando llegue Jalogüin conviene tener a mano no sólo caramelos y chocolates. En otra bolsa se pueden meter unas poleras o paquetes de fideos y conservas. Porque ese día la comida de los Jalogüines la ponemos nosotros. Es un pedazo de Chile que espera lo que le dará el jaguar. Confían en que en, medio de las elecciones, este país tan laureado por los rankings no se olvidará de ellos. No le cerrará la entrada a esa parte del 9,9% que no usa chaqueta y corbata; no se olvidará de la cesantía no ilustrada, esa que no ha leído las cartas al director de los últimos días a propósito de la violencia electoral, del empate técnico en las municipales, de lo que dice un Presidente acerca de las hormonas de otro o de la forma de festejar Halloween (o Jálogüin).

Joaquín García-Huidobro Correa
Universidad de los Andes
Publicado en El Mercurio el Domingo 1 de noviembre de 2004